• Jorge Lendeborg Jr. reemplaza a Danny Ramirez como Manny en la tercera temporada de The Last of Us, mientras que Clea DuVall se suma interpretando a un miembro de los Serafitas.
• Craig Mazin asume en solitario la dirección creativa tras la salida de Neil Druckmann, un cambio que podría redefinir el alma de la serie.
• La adaptación sigue expandiéndose con un reparto coral que promete explorar las zonas más incómodas de esta distopía postapocalíptica.
Hay algo fascinante en ver cómo una historia salta de un medio a otro sin perder su esencia. The Last of Us comenzó como un videojuego que nos hizo cuestionar qué significa ser humano cuando el mundo se desmorona. Ahora, en su forma televisiva, sigue explorando esos mismos dilemas morales.
Y con cada nueva temporada, la pregunta persiste: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para proteger lo que amamos?
La tercera temporada de la serie de HBO se está gestando con movimientos que revelan tanto sobre el proceso creativo como sobre la narrativa que está por venir. Los cambios en el equipo, las nuevas caras, los personajes que se suman… todo apunta a una expansión del universo que conocimos.
Nuevas caras para un mundo conocido
Jorge Lendeborg Jr., a quien quizá recordéis de Spider-Man: No Way Home, se une al proyecto interpretando a Manny. El personaje estaba inicialmente asignado a Danny Ramirez, pero conflictos de agenda obligaron a un cambio de última hora.
Manny funciona como contrapunto moral. No es un héroe ni un villano, sino alguien atrapado en la misma maquinaria de supervivencia que todos los demás. Su presencia plantea preguntas incómodas sobre lealtad, sobre lo que significa pertenecer a un grupo cuando ese grupo comete actos cuestionables.
Por otro lado, Clea DuVall —cuya carrera incluye trabajos tan diversos como Argo o But I’m a Cheerleader— se incorpora como miembro de los Serafitas.
Este culto religioso representa una de las fuerzas antagónicas más inquietantes del universo de The Last of Us. No son simplemente «los malos». Son personas que han encontrado significado en un mundo sin él, que han construido una estructura de creencias sobre las ruinas de la civilización.
Me recuerda a cómo la fe puede ser tanto refugio como arma, cómo las ideologías nacen de la desesperación y se convierten en algo mucho más peligroso.
Un cambio en la dirección creativa
Quizá lo más significativo de esta nueva temporada no sea quién entra, sino quién se va.
Neil Druckmann, cocreador de la serie junto a Craig Mazin, ha dejado su puesto como showrunner. Mazin continuará en solitario, lo cual marca un punto de inflexión en la identidad de la adaptación.
Druckmann fue la voz original del videojuego, el arquitecto de ese mundo. Su salida podría interpretarse como una pérdida, pero también como una oportunidad.
Mazin demostró con Chernobyl que entiende cómo construir narrativas que exploran el colapso sistémico, la fragilidad de nuestras estructuras sociales. Su visión en solitario podría llevar la serie hacia territorios más introspectivos, más centrados en lo que estas historias dicen sobre nosotros.
Porque al final, The Last of Us nunca fue solo sobre zombis. Es sobre cómo respondemos cuando las reglas desaparecen, cuando la moralidad se convierte en algo negociable.
Es sobre el amor como fuerza destructiva tanto como salvadora.
El reparto que sostiene el mundo
Bella Ramsey regresa como Ellie, y Kaitlyn Dever continúa como Abby, dos personajes cuyas trayectorias representan perspectivas opuestas de la misma tragedia.
El reparto coral se mantiene robusto, con nombres como Isabela Merced, Gabriel Luna, Young Mazino, Tati Gabrielle, Ariela Barer, Spencer Lord y Jeffrey Wright.
Cada uno de estos actores aporta una capa adicional a un tapiz narrativo que se niega a simplificar. No hay buenos absolutos ni villanos unidimensionales. Hay personas tomando decisiones imposibles en circunstancias inimaginables.
Es el tipo de narrativa que me hace pensar en Arrival, en cómo las mejores historias de ciencia ficción —o en este caso, de horror postapocalíptico— no nos dan respuestas, sino que nos obligan a hacernos mejores preguntas.
Ver cómo The Last of Us evoluciona temporada tras temporada es observar un experimento en tiempo real sobre adaptación y fidelidad.
No se trata de replicar el videojuego fotograma a fotograma, sino de capturar su espíritu, su pulso emocional. Las nuevas incorporaciones al reparto, los cambios en la producción, todo forma parte de ese proceso orgánico de traducción entre medios.
Y quizá eso sea lo más emocionante: que la serie siga siendo impredecible, que siga arriesgando.
Porque las mejores distopías no hablan del futuro. Hablan del presente, solo que con la distancia suficiente para que podamos mirarnos sin apartar la vista. Y en un momento donde las estructuras que dábamos por sentadas se tambalean —desde la confianza en las instituciones hasta nuestra relación con la verdad—, The Last of Us nos devuelve una imagen incómoda pero necesaria de quiénes somos cuando todo lo demás desaparece.

