El documental de Melania que IMDb ha sentenciado como la peor película jamás

Más propaganda que cine: cuando el presupuesto sustituye al talento y a la verdad.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 4, 2026

• El documental Melania, dirigido por Brett Ratner, ha alcanzado una valoración de 1,3 estrellas en IMDb, convirtiéndose en la película peor valorada de la historia de la plataforma.

• Un presupuesto de 40 millones de dólares que evidencia la confusión entre recursos económicos y talento artístico, un mal endémico del cine contemporáneo que desprecia el verdadero oficio cinematográfico.

• La brecha entre crítica profesional (10% en Rotten Tomatoes) y audiencia (99%) revela que estamos ante un símbolo político más que ante una obra de cine.


Hay momentos en la historia del cine en los que uno se pregunta si ciertos proyectos deberían haber visto la luz. No por censura, sino por simple coherencia artística. El documental Melania, estrenado el pasado 30 de enero, ha conseguido algo que ni las producciones más desafortunadas lograron jamás: convertirse en la película con la valoración más baja en toda la historia de IMDb. Con una media de 1,3 estrellas sobre 10 —habiendo llegado a tocar el 1,1 en su momento más bajo—, este filme dirigido por Brett Ratner representa un caso de estudio sobre cómo el cine puede verse completamente eclipsado por el contexto político.

Lo verdaderamente fascinante es que estamos ante un documental con un presupuesto de 40 millones de dólares. Para poner esto en perspectiva, obras maestras del género como Hoop Dreams de Steve James se realizaron con presupuestos infinitamente menores y lograron trascender generaciones. Aquí nos encontramos ante un producto que ha confundido el despliegue económico con la sustancia narrativa.

El filme sigue a Melania Trump en los días previos a la segunda toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Es la primera producción de Muse Films, la nueva compañía de la propia Melania Trump, distribuida por Amazon MGM Studios. Ya desde su concepción, el proyecto planteaba interrogantes: ¿puede un documental mantener la distancia crítica necesaria cuando su protagonista es también su productora?

La respuesta, al menos desde el punto de vista de la recepción crítica, parece ser un rotundo no.

Brett Ratner, director conocido por su trabajo en franquicias comerciales como X-Men: La decisión final o la saga Rush Hour, no es precisamente un nombre asociado al cine documental de autor. Su aproximación al género carece de la mirada penetrante de un Frederick Wiseman o de la capacidad narrativa de un Errol Morris.

Recuerdo la primera vez que vi The Thin Blue Line de Morris: cada encuadre, cada entrevista, cada recreación estaba al servicio de una búsqueda de verdad que trascendía lo meramente informativo. El documental se convertía en investigación filosófica. Nada de eso parece estar presente aquí.

El resultado es un producto de 104 minutos que, según las valoraciones, no logra articular ni una propuesta estética coherente ni un discurso que justifique su existencia más allá de lo propagandístico. Los números son demoledores: con 24.000 reseñas en IMDb, la película ha conseguido una valoración que la sitúa por debajo de cualquier otro título en la plataforma.

La crítica profesional no ha sido más benévola: apenas un 10% de aprobación en Rotten Tomatoes basado en 20 reseñas. Sin embargo, aquí es donde el fenómeno se vuelve verdaderamente revelador: la audiencia en esa misma plataforma le otorga un 99% de aprobación.

Esta polarización nos habla de algo que trasciende la calidad fílmica. Estamos ante un objeto cultural que ha dejado de ser cine para convertirse en un símbolo político. Las valoraciones no responden a criterios de puesta en escena, montaje o narrativa documental, sino a posicionamientos ideológicos previos. Es el triunfo del tribalismo sobre el análisis, de la militancia sobre la mirada crítica.

El aspecto económico tampoco invita al optimismo. Con una recaudación de 8,1 millones de dólares en su primer fin de semana, el filme necesitaría alcanzar entre 100 y 120 millones para recuperar su inversión. Cualquiera con un mínimo conocimiento de la industria sabe que esto es prácticamente imposible. Los documentales, incluso los más exitosos, rara vez superan los 30 millones en taquilla.

Lo que resulta más inquietante es el precedente que esto sienta. Si un documental puede conseguir financiación millonaria simplemente por el nombre de su protagonista, sin atender a criterios de calidad o viabilidad comercial, ¿qué mensaje estamos enviando sobre el estado de la industria?

El cine documental ha sido históricamente un espacio para la exploración, la denuncia y la reflexión. Obras como Shoah de Claude Lanzmann o The Fog of War de Errol Morris nos recuerdan que el género puede alcanzar cotas de profundidad filosófica equiparables a cualquier ficción. Melania, en cambio, parece reducir el documental a mero vehículo promocional.

La dirección de Ratner, según se desprende de las críticas, carece de la tensión dramática necesaria para sostener el interés durante casi dos horas. No hay conflicto real, no hay cuestionamiento, no hay esa búsqueda de verdad que define al gran cine documental. Es, en esencia, un ejercicio de hagiografía filmada con presupuesto de superproducción.

Cuando pienso en los grandes retratos documentales —el Orson Welles de F for Fake, el Bob Dylan de Don’t Look Back—, veo siempre una tensión entre el sujeto y la cámara, una dialéctica que genera significado. Aquí parece haber solo complacencia.


Quizá dentro de unos años, cuando el polvo político se haya asentado, Melania pueda estudiarse como un caso fascinante de cómo el cine puede verse completamente absorbido por fuerzas externas a lo artístico. Como documento sociológico sobre la polarización de nuestro tiempo, tiene su valor.

Como obra cinematográfica, sin embargo, representa todo aquello contra lo que el cine de calidad debe luchar: la ausencia de rigor, la confusión entre presupuesto y talento, y la subordinación del lenguaje fílmico a intereses ajenos al arte.

El récord que ha conseguido en IMDb no es, en el fondo, una valoración de la película en sí, sino un síntoma de tiempos convulsos donde incluso el acto de valorar una obra se ha convertido en un gesto político. Y eso, para quienes amamos el cine como lenguaje y como arte, es quizá lo más triste de todo este asunto.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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