• Disney avanza con Frozen 3 tras tres años desde su anuncio oficial, con grabaciones de voz en marcha para cumplir su estreno en noviembre de 2027.
• Los actores de doblaje han firmado contratos históricos de 60 millones de dólares combinados por las entregas III y IV, la cifra más alta jamás pagada en animación.
• Después de siete años desde Frozen II, la franquicia regresa con Jennifer Lee como codirectora y expectativas de taquilla que superan los mil millones de dólares.
Las franquicias funcionan como espejos. No solo reflejan lo que queremos ver, sino lo que necesitamos creer: que las historias pueden continuar, que los personajes que amamos permanecen, que siempre hay una siguiente aventura.
Frozen dejó de ser una película de Disney hace tiempo. Se convirtió en un fenómeno cultural que habla de identidad, de aceptación, de romper con lo establecido.
Y ahora, siete años después de Frozen II, la tercera entrega empieza a tomar forma real.
Lo fascinante no es solo que vuelva Elsa o que Olaf siga siendo Olaf. Lo fascinante es preguntarse qué tiene que decir esta saga ahora, en 2027, cuando el mundo ha cambiado tanto desde aquel «Let It Go» que se convirtió en himno generacional.
¿Qué nuevas capas puede añadir Disney a una historia que ya exploró el miedo al rechazo y la búsqueda de pertenencia?
El regreso confirmado: de los rumores a la sala de grabación
Josh Gad, la voz de Olaf, publicó hace poco una imagen en Instagram que dice más que cualquier tráiler oficial. En ella aparece junto a Jennifer Lee y Trent Correy, directores de Frozen 3, y la productora Christina Chen, frente a una pizarra llena de bocetos del entrañable muñeco de nieve.
El mensaje era claro: «La tercera vez siempre es la vencida. Es hora de construir otro muñeco de nieve. #frozen3».
Puede parecer un simple post promocional, pero marca un hito crucial. Las grabaciones de voz están en marcha. Y eso, en el calendario de producción de una película de animación de este calibre, significa que Disney va en serio con la fecha de estreno: 24 de noviembre de 2027.
La película fue anunciada oficialmente en 2023 por Bob Iger, CEO de Disney, pero ya había sido retrasada desde su ventana original de noviembre de 2026. Ese retraso generó dudas.
¿Problemas creativos? ¿Reescrituras? ¿O simplemente el peso de gestionar una franquicia que mueve miles de millones?
Sea como sea, ahora hay señales tangibles de avance.
Contratos históricos y el peso de las voces
Detrás de cada gran franquicia hay también una negociación. Y en este caso, fue épica.
Josh Gad, Kristen Bell e Idina Menzel firmaron contratos combinados de 60 millones de dólares por Frozen 3 y Frozen 4. Es la cifra más alta jamás pagada a actores de doblaje en la historia de la animación.
No es solo un dato económico. Es una declaración sobre qué significa la identidad en el cine contemporáneo.
Disney sabe que estas voces son inseparables de los personajes. Que Elsa sin Menzel, o Anna sin Bell, sería como intentar rehacer Blade Runner sin la melancolía de Vangelis o sin la voz de Rutger Hauer pronunciando aquello de «lágrimas en la lluvia».
Hay cosas que no se pueden reemplazar sin perder el alma del proyecto. Y eso plantea una pregunta interesante: ¿cuándo una voz deja de ser solo interpretación y se convierte en parte esencial de un personaje? ¿Qué dice eso sobre cómo construimos nuestros mitos modernos?
Las expectativas de taquilla están a la altura. Tanto Frozen como Frozen II superaron los mil millones de dólares en todo el mundo. La segunda entrega, estrenada en 2019, recaudó más de 1.450 millones, convirtiéndose en la película de animación más taquillera de su momento.
Disney confía en que la tercera parte repetirá, o incluso superará, esas cifras.
¿Qué historia queda por contar?
Aquí es donde la cosa se pone interesante.
Porque más allá del espectáculo visual y las canciones pegadizas, Frozen siempre ha sido una saga sobre transformación personal. La primera película hablaba de aceptarse a uno mismo. La segunda, de enfrentar el pasado y asumir responsabilidades más grandes.
¿Y la tercera?
Las teorías de los fans apuntan en varias direcciones: el regreso de Hans, que Anna desarrolle poderes propios, que tenga hijos con Kristoff, o que Elsa finalmente encuentre el amor.
Pero más allá de los giros argumentales, lo que importa es qué dice todo esto sobre nosotros.
Vivimos en una época obsesionada con las secuelas, con extender universos narrativos hasta el infinito. A veces funciona. Otras, se convierte en puro producto.
La pregunta no es si Frozen 3 será rentable —lo será—, sino si tendrá algo genuino que aportar. Si logrará conectar emocionalmente como lo hicieron las anteriores, o si será solo un eco bien producido.
Jennifer Lee regresa como codirectora, lo cual es una buena señal. Ella entiende el corazón de estos personajes. Trent Correy, su compañero de dirección, aporta una mirada fresca.
La combinación podría funcionar.
Hay algo reconfortante en saber que Elsa, Anna y Olaf volverán. No porque necesitemos más películas de Frozen, sino porque estas historias se han convertido en parte de nuestro paisaje emocional colectivo.
Son puntos de referencia generacionales, lugares seguros a los que volver cuando el mundo real se vuelve demasiado caótico.
Pero también hay una responsabilidad en ello.
Porque si Disney va a seguir construyendo sobre este universo, tiene que hacerlo con intención, con algo que decir. No basta con repetir la fórmula.
La magia, como Elsa bien sabe, requiere propósito.
Y en 2027, cuando las luces del cine se apaguen y suene la primera nota de la banda sonora, sabremos si esta tercera entrega logró encontrar el suyo.

