• Los Premios Razzie llevan desde 1981 señalando las peores películas del año, aunque algunas de sus «ganadoras» han terminado convirtiéndose en obras de culto injustamente vilipendiadas.
• La democratización del desprecio cinematográfico no siempre acierta: el tiempo ha demostrado que ciertos filmes merecían una mirada más generosa y menos condicionada por el ruido mediático del momento.
• Francis Ford Coppola, al recibir su Razzie, pronunció una defensa apasionada del riesgo artístico que debería hacernos reflexionar sobre la naturaleza misma de la crítica cinematográfica contemporánea.
Existe algo profundamente paradójico en la industria del cine. Mientras que los grandes premios —el Oscar, la Palma de Oro, el León de Oro— requieren de academias selectas, jurados especializados y décadas de tradición institucional, los Premios Razzie funcionan con una democracia casi insultante.
Cuarenta dólares. Esa es la barrera de entrada para convertirse en juez y verdugo del séptimo arte.
No hace falta haber visto Ciudadano Kane, ni distinguir un plano secuencia de un fundido encadenado. Basta con pagar la cuota y emitir tu voto. Y sin embargo, desde 1981, estos galardones han conseguido algo que muchos festivales prestigiosos envidiarían: relevancia cultural sostenida.
Lo fascinante no es que existan premios a lo peor —al fin y al cabo, la crítica negativa es tan antigua como el propio arte—, sino que algunos de sus señalados hayan terminado reivindicados por el tiempo. Convertidos en objetos de culto, en piezas que merecían una mirada más pausada, menos contaminada por el ruido de su estreno.
Cuando Francis Ford Coppola recibió su Razzie y respondió con una carta demoledora contra la cobardía industrial, estaba planteando una cuestión esencial: ¿quién decide qué es arte y qué es basura? ¿Y qué ocurre cuando el veredicto inicial se revela equivocado?
Los Razzie: una ceremonia con más historia de la que aparentan
Los Premios Frambuesa de Oro —traducción literal que nunca cuajó en castellano— nacieron como una broma, una parodia de la solemnidad oscariana. Su fundador, John J.B. Wilson, organizó la primera ceremonia en el salón de su casa.
El trofeo en sí mismo es una declaración de intenciones: una frambuesa dorada de plástico, rociada con pintura en spray, valorada en menos de cinco dólares. Pura ironía materializada.
Pero lo que comenzó como una reunión entre amigos cinéfilos con sentido del humor se ha convertido en una institución paralela. Los Razzie anuncian sus ganadores el día antes de la gala de los Oscar, un gesto de guerrilla cultural que les garantiza cobertura mediática.
Y aunque muchos premiados ignoran olímpicamente el «honor», algunos han respondido con clase o con rabia, dos reacciones igualmente reveladoras.
Sandra Bullock, por ejemplo, acudió personalmente a recoger su Razzie por Un plan brillante, llevando consigo copias de la película en DVD para repartir entre los votantes. Fue un momento de honestidad poco habitual en Hollywood, donde la imagen lo es todo y admitir el fracaso equivale a un suicidio profesional.
Coppola y la defensa del riesgo artístico
Pero fue Francis Ford Coppola quien elevó la respuesta a otra dimensión.
Cuando su película Twixt fue nominada, el director de El Padrino y Apocalypse Now escribió un texto en redes sociales que merece ser recordado. En él, arremetía contra una industria «aterrorizada por el riesgo», incapaz de crear obras que permanezcan vivas dentro de cincuenta años.
Sus palabras resonaban con la frustración de quien ha visto cómo el cine se ha convertido en un producto cada vez más homogéneo, diseñado por comités y algoritmos. Coppola defendía el derecho al fracaso, a la experimentación, a la película imperfecta pero valiente.
Y tenía razón.
Porque si repasamos la historia del cine, muchas de las obras que hoy consideramos fundamentales fueron recibidas con incomprensión o desprecio en su momento. Vértigo de Hitchcock fue un fracaso comercial y crítico. El resplandor de Kubrick fue masacrada por la crítica especializada.
El tiempo, ese juez implacable, terminó por colocar las cosas en su sitio.
Cuando el peor filme del año no lo es tanto
Aquí reside la paradoja central de los Razzie: algunos de sus ganadores a Peor Película han demostrado tener más vida, más capacidad de generar conversación y afecto, que muchos filmes «respetables» del mismo año.
No hablamos necesariamente de obras maestras incomprendidas, pero sí de películas que no merecían ser etiquetadas como lo peor del año.
Pensemos en Showgirls de Paul Verhoeven, arrasadora ganadora de múltiples Razzies en 1995. Hoy es objeto de estudios académicos, proyecciones de culto y reivindicaciones críticas que ven en ella una sátira consciente del sueño americano y la explotación en la industria del entretenimiento.
¿Era realmente peor que cualquier comedia olvidable de ese año? ¿O simplemente era más atrevida, más incómoda, más difícil de digerir?
O Rambo: Acorralado Parte II, ganadora del Razzie en 1985. Sí, es puro cine de acción ochentero, con sus excesos y su subtexto político cuestionable. Pero también es una pieza cultural que definió una época, que influyó en generaciones de cineastas.
Vista con la distancia adecuada, funciona perfectamente dentro de sus propios parámetros. No es Bergman, desde luego, pero tampoco pretendía serlo.
El problema de la crítica instantánea
Lo que los Razzie revelan, en el fondo, es un problema más amplio: la tiranía de la opinión inmediata.
En la era de las redes sociales y las puntuaciones numéricas, el cine se juzga como si fuera un partido de fútbol. Ganadores y perdedores. Obras maestras y basura. Sin matices, sin tiempo para la digestión, sin espacio para la duda.
Recuerdo mis primeros años escribiendo críticas en foros de internet, a finales de los noventa. Había algo de esa misma urgencia, de esa necesidad de posicionarse rápidamente, de declarar veredictos inapelables.
Con el tiempo aprendí que el cine, como cualquier arte, requiere paciencia. Algunas películas se abren lentamente, revelan sus secretos en el segundo o tercer visionado. Otras necesitan el contexto adecuado, la madurez del espectador, o simplemente el paso del tiempo para ser comprendidas.
Los Razzie operan en la dirección contraria: cristalizan el rechazo, lo institucionalizan, lo convierten en espectáculo.
Y aunque hay algo de justicia poética en señalar la mediocridad industrial —esas secuelas innecesarias, esos productos diseñados únicamente para exprimir franquicias—, el problema surge cuando el veredicto se aplica indiscriminadamente. Cuando se confunde el riesgo fallido con la incompetencia.
Películas que merecían mejor suerte
Entre los ganadores de los Razzie a Peor Película hay, efectivamente, auténticos desastres cinematográficos. Filmes sin redención posible, productos que insultan la inteligencia del espectador.
Pero también hay películas que simplemente llegaron en el momento equivocado, o que fueron juzgadas por estándares inadecuados.
El cartero de Kevin Costner, ganadora en 1997, es un ejemplo perfecto. Sí, es excesiva, pretenciosa en momentos, demasiado larga. Pero también contiene secuencias de genuina belleza visual, una ambición narrativa poco común en el cine comercial norteamericano, y un intento sincero de crear una epopeya post-apocalíptica con algo que decir.
¿Merecía ser coronada como lo peor del año? Difícilmente.
La democratización del desprecio
Volvamos a ese detalle inicial: cuarenta dólares para votar.
La democratización del acceso a la crítica cinematográfica es, en teoría, algo positivo. Rompe con el elitismo de las academias, da voz a espectadores reales. Pero también tiene sus peligros.
Porque el cine, como cualquier lenguaje, requiere alfabetización. No hace falta ser un experto para disfrutar de una película, pero sí para juzgarla con criterio.
Cuando Hitchcock construía sus elaborados planos secuencia, cuando Kubrick obsesionaba con la simetría de sus encuadres, cuando Kurosawa coreografiaba el movimiento dentro del plano, estaban empleando un vocabulario cinematográfico específico.
Ignorar ese vocabulario no impide el disfrute, pero sí limita la comprensión. Y cuando se trata de emitir juicios categóricos —este es el peor filme del año—, esa limitación se convierte en un problema.
Los Razzie, en su formato actual, son el triunfo del populismo crítico. Y como todo populismo, tienen algo de catártico pero también de peligroso. Reducen el arte a un concurso de popularidad invertido, donde lo que importa no es la calidad intrínseca de la obra sino su capacidad de generar rechazo inmediato.
El valor del fracaso artístico
Hay algo que Coppola entendía perfectamente en su respuesta: el fracaso artístico es más valioso que el éxito mediocre.
Una película que intenta algo ambicioso y no lo consigue del todo aporta más al medio que cien productos competentes pero olvidables. El cine avanza a través de los riesgos, de los experimentos, de las visiones personales que no siempre funcionan pero que abren caminos.
Pensemos en La puerta del cielo de Michael Cimino, que aunque no ganó un Razzie (los premios aún no existían), fue crucificada de manera similar. Hoy se la reconoce como una obra maestra incomprendida, un western crepuscular de ambición operística.
O en Blade Runner de Ridley Scott, que en su momento fue considerada un fracaso pretencioso y hoy es una de las películas más influyentes de la ciencia ficción.
Quizá los Premios Razzie cumplan una función necesaria: recordarnos que no todo lo que se produce merece respeto, que la mediocridad industrial debe ser señalada, que el emperador a veces va desnudo.
Pero también deberían recordarnos algo más importante: que el juicio apresurado es el enemigo del arte, que la complejidad no siempre se revela a primera vista, y que confundir el riesgo con la incompetencia es un error que empobrece el medio.
Cuando volvemos la vista atrás y revisamos esa lista de «peores películas del año», encontramos no solo desastres merecidos sino también víctimas de su propio atrevimiento. Filmes que pidieron demasiado a su audiencia o que simplemente llegaron antes de tiempo.
Y eso debería hacernos más humildes, más cautelosos con nuestros veredictos definitivos. Porque en el cine, como en cualquier arte que se precie, la última palabra nunca está dicha.

