• Timothée Chalamet recibe el premio al Mejor Actor en los Critics Choice Awards por «Marty Supreme», filme de Josh Safdie sobre un aspirante a campeón de ping-pong.
• La dedicatoria romántica del actor eclipsa el debate sobre su trabajo interpretativo, síntoma de una época donde lo personal devora lo artístico.
• La película recaudó 17 millones en su estreno navideño, cifras modestas que la sitúan como un filme de perfil medio lejos del fenómeno de masas.
Hay algo profundamente revelador en el modo en que celebramos el cine contemporáneo. Los premios, antaño reservados para honrar el oficio y la maestría interpretativa, se han convertido en escenarios donde lo personal eclipsa lo artístico.
Cuando un actor sube al estrado a recoger un galardón, uno espera —quizá ingenuamente— que hable del personaje, del director, de la construcción dramática. Pero vivimos tiempos distintos.
El triunfo de Chalamet y la sombra del espectáculo
Timothée Chalamet se llevó el premio al Mejor Actor por su interpretación de Marty Mauser en «Marty Supreme», dirigida por Josh Safdie. Durante su discurso de aceptación, el joven actor dedicó buena parte de sus palabras a Kylie Jenner, su pareja desde hace tres años.
«Gracias a mi compañera. Te quiero. No podría hacer esto sin ti», declaró mientras la cámara, obediente a los dictados del espectáculo, se giraba hacia Jenner. El momento fue capturado y reproducido hasta la saciedad.
Uno no puede evitar preguntarse qué habría pensado un Billy Wilder de todo esto.
Chalamet competía contra nombres de peso: Leonardo DiCaprio, Joel Edgerton, Ethan Hawke, Michael B. Jordan y Wagner Moura. Una terna respetable que, al menos sobre el papel, sugiere cierta seriedad en la selección.
El actor también tuvo palabras para Safdie, elogiando su aproximación narrativa y su capacidad para construir un protagonista imperfecto sin caer en el sermón moral. Es una observación pertinente en una época donde el cine mainstream tiende a subrayar cada mensaje con rotulador fosforito.
Safdie en solitario y la tradición del soñador desesperado
Josh Safdie, quien codirigió junto a su hermano Benny obras tan estimulantes como «Good Time» y «Diamantes en bruto», trabaja aquí por primera vez en solitario. Su estilo, caracterizado por una energía nerviosa y una mirada despojada de juicios, parece haber encontrado en Chalamet un intérprete dispuesto a entregarse.
La figura del soñador obsesionado con un objetivo aparentemente menor tiene una larga tradición cinematográfica. Pienso en «El buscavidas» de Robert Rossen, donde Paul Newman encarnaba a un jugador de billar con más ambición que talento.
O en «Toro salvaje» de Scorsese, donde la violencia del ring se convertía en metáfora de la autodestrucción. Safdie parece moverse en ese territorio: personajes imperfectos persiguiendo sueños comprensibles, sin juicios morales explícitos.
La película se estrenó el día de Navidad y recaudó 17 millones de dólares en su primer fin de semana, quedando en tercera posición tras «Avatar: Fire and Ash» y «Zootopia 2». Cifras modestas que sugieren un filme de perfil medio, lejos del fenómeno de masas.
Cuando el vestuario eclipsa la pantalla
No puedo dejar de mencionar un detalle sintomático: dos actores de la serie «Hacks» acudieron al evento luciendo conjuntos idénticos de vinilo naranja brillante, en homenaje a los atuendos que Jenner y Chalamet llevaron en el estreno de «Marty Supreme».
Es un gesto simpático, supongo, pero también revelador. El cine se ha convertido en un universo de referencias cruzadas y performances que poco tienen que ver con lo que sucede en la pantalla.
Hitchcock construía suspense con la posición de una cámara; nosotros construimos narrativas con el color de un vestido.
Queda pendiente, claro está, el visionado riguroso de «Marty Supreme». Los premios pueden orientar, pero rara vez definen la valía de una obra.
Chalamet ha demostrado en el pasado —pienso en «Call Me by Your Name» o en ciertos momentos de «Dune»— que posee sensibilidad y presencia. Safdie, por su parte, tiene un ojo afilado para capturar la desesperación contemporánea sin caer en el patetismo.
Pero mientras el discurso público siga centrándose en quién agradece a quién, en qué pareja se besa bajo los focos y en qué diseñador viste a qué estrella, el cine como arte seguirá ocupando un segundo plano.
Y eso, amigos, es algo que ningún premio puede remediar. El oficio exige respeto, y el respeto comienza por mirar la pantalla, no el patio de butacas.

