• La Academia de Hollywood ha premiado a lo largo de su historia películas que, con el paso del tiempo, resultan difíciles de defender como las mejores de su año.
• El proceso de votación de los Oscar, lejos de ser un juicio objetivo sobre la excelencia cinematográfica, es simplemente la suma de preferencias personales de unos pocos miles de votantes.
• Resulta necesario cuestionar la autoridad moral de unos premios que han ignorado sistemáticamente obras maestras en favor de productos más complacientes o políticamente convenientes.
Cada año, cuando se apagan las luces del Dolby Theatre y se entregan las últimas estatuillas doradas, el mundo del cine acepta con reverencia los veredictos de la Academia. Los ganadores quedan inmortalizados en la historia, sus nombres grabados en placas que supuestamente certifican la excelencia artística.
Pero ¿qué ocurre cuando el paso del tiempo revela que aquellas decisiones fueron, en el mejor de los casos, cuestionables, y en el peor, absolutamente incomprensibles?
La verdad incómoda es que los Oscar nunca han sido el barómetro infalible de calidad cinematográfica que pretenden ser. Detrás del glamour, los vestidos de alta costura y los discursos lacrimógenos, se esconde una realidad mucho más prosaica: un grupo de votantes que, en ocasiones, toman decisiones apresuradas, influenciadas por campañas millonarias de marketing, simpatías personales o simplemente por no haber visto todas las películas nominadas.
Y así, año tras año, la Academia ha ido acumulando un catálogo de errores que cualquier cinéfilo riguroso puede enumerar sin apenas esfuerzo.
La falacia de la objetividad
Permítanme ser claro desde el principio: los premios de la Academia no son, ni han sido nunca, una medida objetiva de la grandeza cinematográfica. Son, en esencia, un concurso de popularidad entre aproximadamente dos mil miembros de la industria, cada uno con sus propios sesgos, preferencias y, en muchos casos, agendas personales.
El proceso democrático, por su propia naturaleza, es caótico. Y cuando se aplica al arte, los resultados pueden ser desconcertantes.
¿Cuántos miembros de la Academia querrían retractarse de sus votos pasados si pudieran? Me atrevería a decir que muchos, aunque jamás lo admitirían públicamente.
El peso de la historia y sus errores imperdonables
A lo largo de casi un siglo de ceremonias, la Academia ha coronado películas que, con la perspectiva que otorga el tiempo, resultan indefendibles. No hablo aquí de premios técnicos, sino del premio mayor, a la Mejor Película, ese galardón que supuestamente distingue lo más excelso del séptimo arte en un año determinado.
Pensemos en «Crash» (2005), aquella película de Paul Haggis que ganó frente a «Brokeback Mountain» de Ang Lee. Hoy, casi nadie defiende aquella decisión. «Crash» era un melodrama obvio, con su mensaje sobre el racismo subrayado en cada escena, sin dejar espacio para la sutileza. Mientras tanto, «Brokeback Mountain» ofrecía una dirección impecable, una puesta en escena que hablaba a través del paisaje, del silencio, de las miradas.
O recordemos «Shakespeare in Love» (1998) derrotando a «Salvar al soldado Ryan». La película de Spielberg abría con una de las secuencias bélicas más magistralmente orquestadas de la historia del cine. Cada plano de la playa de Omaha estaba calculado para transmitir el caos y el horror de la guerra. ¿Y qué ofrecía la ganadora? Una comedia romántica encantadora, sí, pero sin la ambición formal ni la profundidad narrativa de su rival.
He dedicado décadas al estudio del cine, desde aquellos primeros años escribiendo en foros de cinéfilos a finales de los noventa hasta hoy. Y en todo ese tiempo, he aprendido que la verdadera grandeza cinematográfica rara vez coincide con el reconocimiento inmediato.
Las obras maestras de Hitchcock, Kubrick o Bergman no siempre fueron comprendidas en su momento. «Vértigo» fue recibida con tibieza en 1958. «2001: Una odisea del espacio» perdió frente a «Oliver!» en 1969, una decisión que hoy parece un chiste cruel de la historia.
Cuando el consenso se equivoca
Lo fascinante —y a la vez frustrante— de revisar la historia de los Oscar es comprobar cómo ciertas victorias que en su momento parecieron lógicas, hoy resultan incomprensibles. El consenso temporal es una trampa peligrosa en el arte.
La Academia tiene una tendencia preocupante a premiar lo grandilocuente sobre lo genuino, lo espectacular sobre lo profundo, el mensaje evidente sobre la sutileza narrativa. Prefiere las películas que gritan su importancia desde el primer fotograma, aquellas que vienen con su propia interpretación incorporada, sin dejar espacio para la ambigüedad o la reflexión personal del espectador.
«Dances with Wolves» (1990) ganó frente a «Goodfellas» de Martin Scorsese. La primera era una epopeya de tres horas con buenas intenciones pero una narrativa convencional. La segunda revolucionaba el lenguaje cinematográfico con su montaje frenético, su uso de la voz en off, su estructura temporal fragmentada. Scorsese estaba expandiendo las posibilidades del medio; Costner simplemente hacía cine clásico competente.
Como alguien que valora la puesta en escena, la coherencia narrativa y la dirección por encima de los fuegos artificiales visuales, me resulta doloroso ver cómo año tras año se ignoran películas de una construcción impecable en favor de productos más comerciales o políticamente oportunos.
El problema de la memoria selectiva y la responsabilidad crítica
Existe un fenómeno curioso en la cultura cinematográfica: muchas de las películas que ganaron el Oscar a Mejor Película han desaparecido prácticamente de la conversación cultural. Nadie las revisa, nadie las estudia en las escuelas de cine, nadie las cita como referencia.
Son victorias huecas, estatuillas que acumulan polvo mientras las películas que perdieron aquella noche siguen siendo proyectadas, analizadas y celebradas.
¿Cuándo fue la última vez que alguien organizó una proyección de «The Greatest Show on Earth» (1952)? Aquella película ganó frente a «High Noon», el western de Fred Zinnemann que redefinió el género con su estructura temporal en tiempo real y su alegoría política sobre el macartismo. Cecil B. DeMille hizo un espectáculo circense; Zinnemann hizo arte.
Como críticos y estudiosos del cine, tenemos la responsabilidad de señalar estos errores. No por un afán de polémica gratuita, sino porque el cine merece algo mejor que la complacencia.
He visto demasiadas películas mediocres elevadas a la categoría de obras maestras por el simple hecho de haber ganado un Oscar. Y he visto demasiadas obras genuinamente brillantes relegadas al olvido porque la Academia decidió mirar hacia otro lado aquella noche.
El veredicto del tiempo
Si algo nos enseña la historia del cine es que el tiempo es el único juez verdaderamente fiable. Las modas pasan, las campañas publicitarias se olvidan, y lo que queda es la película en sí misma: su estructura narrativa, su dirección, su capacidad para comunicar algo profundo sobre la experiencia humana.
Muchas de las películas que la Academia ha coronado no superan esta prueba. Son productos de su momento, diseñados para complacer sensibilidades temporales, para surfear olas culturales que ya han roto en la orilla.
Carecen de la atemporalidad que caracteriza a las verdaderas obras maestras.
Cuando veo «Ciudadano Kane» o «Vértigo», cuando reviso «El séptimo sello» o «2001: Una odisea del espacio», entiendo lo que significa la grandeza cinematográfica. Son películas que trascienden su época, que hablan un lenguaje visual universal, que respetan la inteligencia del espectador.
Y muchas de ellas, por cierto, no ganaron el Oscar a Mejor Película. «Ciudadano Kane» perdió frente a «How Green Was My Valley». Hoy, la película de John Ford es una nota al pie; la de Welles es el punto de partida de cualquier conversación seria sobre el cine moderno.
La Academia de Hollywood seguirá entregando sus premios cada año, y nosotros seguiremos debatiendo sus decisiones. Es parte del ritual, del teatro que rodea al cine.
Pero no debemos confundir ese teatro con la realidad del arte cinematográfico. Los Oscar son importantes como fenómeno cultural, como termómetro de la industria, pero nunca como veredicto definitivo sobre el valor artístico de una película.
Al final, lo que importa no es la estatuilla dorada, sino la película misma. Su capacidad para perdurar, para seguir hablándonos décadas después de su estreno, para revelar nuevas capas de significado con cada visionado.
Eso es lo que separa el cine verdadero de los productos diseñados para ganar premios. Y esa distinción, por mucho que la Academia intente ignorarla, permanece inmutable.
El tiempo, ese crítico implacable, siempre tiene la última palabra.

