5 películas, CERO fracasos: el milagro que James Bond nunca logró

La saga Bourne encadena cinco películas sin un solo desastre creativo, algo que ni Bond ni Misión Imposible pueden decir. Así se protege una franquicia en Hollywood.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 31, 2026

• La saga Bourne mantiene una coherencia artística excepcional a lo largo de sus cinco películas, sin caer en la mediocridad que ha afectado a otras franquicias de espionaje.

• Mientras Bond y Misión Imposible han producido entregas fallidas, Bourne demuestra que es posible proteger la integridad creativa dentro del sistema comercial de Hollywood.

• Incluso sus capítulos más débiles superan con creces los peores momentos de sus competidoras en el género.


Hay algo profundamente revelador en la capacidad de una franquicia para mantener su dignidad artística. En una industria obsesionada con exprimir cada éxito comercial, la mayoría de las sagas terminan traicionando aquello que las hizo especiales.

El cine de espionaje no es una excepción. Hemos visto cómo Bond se ha prostituido ante el altar de los efectos digitales, cómo Misión Imposible ha coqueteado con el ridículo, y cómo innumerables intentos han naufragado en la mediocridad.

Sin embargo, existe una excepción notable. Una saga que ha conseguido mantener un nivel de calidad consistente a lo largo de cinco películas: la serie Bourne.

La trilogía fundacional: cuando el espionaje recuperó su alma

La llegada de El caso Bourne en 2002 supuso una sacudida necesaria. Doug Liman entendió algo fundamental: el espionaje cinematográfico necesitaba recuperar la urgencia física, la vulnerabilidad humana. Matt Damon no era el espía invencible de traje impecable; era un hombre roto, amnésico, intentando sobrevivir mientras reconstruía su identidad fragmentada.

Pero fue Paul Greengrass quien elevó la propuesta a la categoría de arte. El mito de Bourne (2004) y El ultimátum de Bourne (2007) no solo refinaron la fórmula: la perfeccionaron.

La cámara en mano, el montaje frenético pero siempre legible, la geografía de la acción perfectamente clara pese a la intensidad. Greengrass consiguió algo que pocos directores logran: que sintieras cada golpe, cada caída, cada momento de desesperación.

Recuerdo perfectamente la secuencia de Tánger en El ultimátum, ese plano por las azoteas que te deja sin aliento. O la persecución en Moscú de El mito, donde la cámara se convierte en un participante más de la acción. Esto no era mero espectáculo vacío; era cine de acción con propósito narrativo, con peso dramático.

Me recuerda, salvando las distancias, a cómo Hitchcock conseguía que cada escena de suspense sirviera al desarrollo del personaje. Esa misma economía narrativa, esa misma precisión.

Las entregas posteriores: imperfectas pero dignas

Cuando Matt Damon decidió no continuar, el estudio tomó una decisión arriesgada pero respetable: continuar la mitología sin traicionar su esencia.

El legado de Bourne (2012) sufrió por la ausencia de su protagonista original. Tony Gilroy, guionista de las tres primeras entregas, asumió la dirección y demostró comprender el universo que había ayudado a crear.

La película no alcanza las cotas de la trilogía original, cierto, pero mantiene la coherencia tonal y la seriedad temática. La secuencia en Manila demuestra que Gilroy había aprendido bien las lecciones de Greengrass sobre cómo filmar acción con visceral inmediatez.

Jason Bourne (2016) marcó el regreso de Damon y Greengrass. Debo ser honesto: es la entrada más débil de la saga. Genérica donde las anteriores eran innovadoras, predecible donde aquellas sorprendían.

Sin embargo —y esto es crucial— incluso en su momento más bajo, la franquicia Bourne mantiene una dignidad profesional que muchas otras envidiarían.

El contexto: un océano de mediocridad

Para apreciar verdaderamente el logro de Bourne, basta observar el paisaje circundante.

James Bond ha producido auténticas aberraciones. Panorama para matar es un ejercicio de torpeza senil; Muere otro día traiciona todo lo que Bond debería representar con su CGI grotesco. Incluso Quantum of Solace, que intentaba emular a Bourne, resultó ser un desastre incoherente.

Misión Imposible tuvo que recuperarse del desastre de su segunda entrega. Kingsman comenzó con frescura pero se hundió rápidamente en la autoindulgencia.

La lección de Bourne

Lo que la saga Bourne demuestra es algo que el cine clásico siempre supo: la consistencia nace del respeto al oficio y a la audiencia.

No se trata de reinventar la rueda en cada entrega, sino de comprender qué hace funcionar a tus personajes y tu universo narrativo, y proteger esa esencia con ferocidad.

Liman y Greengrass entendieron que Jason Bourne no era simplemente un vehículo para escenas de acción espectaculares. Era un estudio sobre identidad, culpa y redención. Cada persecución, cada confrontación, servía a ese propósito narrativo mayor.

Cuando la franquicia se alejó de esa claridad de visión en Jason Bourne, la calidad descendió. Pero nunca cayó en el abismo de la incompetencia o la traición a sus principios fundacionales.


En una era donde las franquicias se han convertido en la moneda de cambio dominante de Hollywood, la saga Bourne permanece como un recordatorio de que es posible mantener la integridad artística incluso dentro de las estructuras comerciales más exigentes.

No todas sus películas son obras maestras —solo las tres primeras merecen verdaderamente ese calificativo— pero todas son, como mínimo, competentes y respetuosas con su audiencia.

La ausencia de una sola película verdaderamente mala en cinco intentos no es suerte: es el resultado de decisiones creativas conscientes, de proteger la visión original, de entender que el público merece algo más que producto enlatado.

Bourne demostró que el cine de espionaje podía ser adulto, complejo y emocionante sin sacrificar ninguna de esas cualidades. Que nadie haya conseguido imitarlo con éxito similar dice mucho sobre la excepcionalidad de lo que Liman, Greengrass y Damon consiguieron crear.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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