• Liv Tyler nunca ha visto más allá de la primera mitad de La Comunidad del Anillo, a pesar de protagonizar la trilogía hace 25 años.
• Su personaje, Arwen, tuvo escenas eliminadas que incluían luchar en el Abismo de Helm, una experiencia que ella misma describió como brutal.
• Me fascina cómo alguien puede formar parte de algo tan monumental sin necesidad de consumirlo como espectador: quizá la experiencia de vivirlo desde dentro sea suficiente.
Hay algo profundamente humano en no ver tu propio trabajo. Liv Tyler acaba de confirmar algo que muchos sospechábamos pero que nadie esperaba escuchar en voz alta: nunca ha visto la trilogía completa de El Señor de los Anillos. Ni siquiera la primera película entera.
Lo dice con una naturalidad que desarma, como quien confiesa que nunca terminó un libro que todo el mundo adora.
Lo curioso no es solo que no la haya visto. Es que lo intenta. Ha intentado mostrársela a sus hijos, sin éxito. Ha estado ahí, en esas tardes de sofá donde uno espera conectar con algo que formó parte de su vida, y aun así no logra pasar de la primera mitad de La Comunidad del Anillo.
¿Qué nos dice eso sobre nuestra relación con las cosas que creamos? ¿Sobre la distancia entre ser parte de una obra y ser su público?
Cuando crear y consumir son universos paralelos
Tyler no llegó a Arwen de forma casual. Se preparó. Escuchó cintas de casete con el idioma élfico una y otra vez hasta que las palabras se volvieron música.
Cate Blanchett, su compañera élfica en la saga, elogió su pronunciación durante la entrevista con Empire Magazine, describiéndola como «melodiosa y hermosa».
Esa dedicación contrasta con su desapego posterior. Pero tiene sentido. Cuando construyes un personaje desde la fonética, desde el ritmo de una lengua inventada, tu relación con él es táctil, no visual.
No necesitas verte en pantalla para saber que estuviste ahí.
Me recuerda a algo que pienso a menudo con la ciencia ficción: la diferencia entre imaginar un futuro y habitarlo. En Blade Runner, los replicantes no necesitan ver su propia existencia reflejada para saber que son reales. La experiencia de estar vivo es suficiente.
Tyler vivió a Arwen. Quizá verla sea redundante.
La versión que solo existe en la memoria
Originalmente, Arwen iba a tener un papel mucho más activo. Tyler rodó secuencias completas en el Abismo de Helm, luchando junto a Viggo Mortensen y el resto de la Comunidad.
Ella misma lo describió como una experiencia «jodidamente dura» y «brutal». Pero al final, no funcionó. Peter Jackson decidió cortar esas escenas.
Es fascinante pensar en esa versión alternativa de la trilogía. Una Arwen guerrera, no solo musa. Una elfa que no espera en Rivendel sino que empuña la espada.
Pero Jackson eligió otro camino: hacer de Arwen el ancla emocional de Aragorn, su razón para seguir adelante. Y funcionó.
En los libros de Tolkien, Arwen apenas aparece. Es Glorfindel quien salva a Frodo de los Nazgûl en el camino a Rivendel. Pero Jackson necesitaba un rostro femenino que sostuviera el peso emocional de la historia.
Tyler se convirtió en esa presencia etérea que define el amor imposible entre un mortal y una inmortal.
Incluso hubo una escena eliminada donde Tyler y Blanchett compartían pantalla. Dos elfas, dos visiones de la inmortalidad. Me hubiera gustado verla.
La ironía de no ser tu propio espectador
Hay algo casi poético en que Tyler haya ayudado a definir una de las trilogías más queridas del cine fantástico sin haberla visto completa.
Es como si su Arwen existiera en un plano distinto al nuestro. Nosotros la vemos desde fuera, ella la vivió desde dentro.
Me recuerda a esos directores que nunca ven sus películas una vez terminadas. O a los músicos que no escuchan sus discos antiguos. No es desdén. Es que la obra ya cumplió su función en ellos.
Pienso en Denis Villeneuve hablando de Dune: cómo la experiencia de rodarla en el desierto, de sentir la arena, de construir ese mundo, es algo que ningún espectador podrá tener. La película que él vivió no es la misma que nosotros vemos.
Tyler ha expresado interés en volver a la Tierra Media si surge la oportunidad con The Hunt for Gollum, el próximo proyecto ambientado en el universo de Tolkien.
Será curioso ver si, para prepararse, decide finalmente sentarse a ver las películas completas. O si simplemente volverá a confiar en su memoria, en esas cintas de casete, en la sensación de haber estado ahí.
Lo que creamos nos sobrevive
Al final, ¿qué cambia que Tyler no haya visto las películas? Para nosotros, nada. Su Arwen sigue siendo la misma.
Sigue siendo esa figura luminosa que cabalga hacia Rivendel con Frodo moribundo en brazos. Sigue siendo la promesa de que el amor puede trascender la mortalidad.
Pero para ella, quizá todo. Quizá no verlas es su forma de mantener intacta la experiencia de haberlas vivido. De no contaminar el recuerdo con la edición final, con la música de Howard Shore, con los efectos visuales.
De quedarse con la versión cruda, la que solo ella conoce.
Hay algo liberador en la confesión de Liv Tyler. Nos recuerda que no estamos obligados a consumir todo lo que tocamos. Que a veces basta con haber estado ahí, con haber puesto el cuerpo, la voz, la intención.
La experiencia de crear y la de observar son dos cosas completamente distintas, y ambas válidas.
Y si algún día decide sentarse a ver las nueve horas extendidas de la trilogía, espero que lo haga sin presión. Porque al final, Arwen ya existe. Y existirá siempre, vista o no por quien le dio vida.
Esa es la magia del cine: lo que creamos nos sobrevive, incluso a nuestra propia mirada.

