Sydney Sweeney vandaliza el cartel de Hollywood y se mete en líos

Sydney Sweeney colgó sujetadores en el cartel de Hollywood sin permiso, desatando una pregunta incómoda: ¿quién tiene derecho a reescribir nuestros símbolos culturales compartidos?

✍🏻 Por Alex Reyna

enero 27, 2026

• Sydney Sweeney colgó sujetadores en el cartel de Hollywood sin permiso como parte de una campaña publicitaria nocturna que violó los derechos de propiedad intelectual.

• La acción plantea una pregunta fundamental: ¿quién tiene derecho a redefinir nuestros símbolos culturales compartidos, aunque sea temporalmente?

• Ni la Cámara de Comercio de Hollywood ni el Hollywood Sign Trust autorizaron la operación.


Los símbolos no son solo objetos. Son promesas colectivas, sueños compartidos que trascienden su materialidad.

El cartel de Hollywood es metal y pintura sobre una colina, sí. Pero también es algo más: una idea sobre el cine, sobre los sueños, sobre lo que significa aspirar a algo más grande.

Cuando alguien interviene ese símbolo sin permiso, está haciendo una declaración sobre quién controla nuestros espacios compartidos. Y con qué fines.

Sydney Sweeney acaba de protagonizar uno de esos momentos. En una operación nocturna documentada en Instagram, su equipo colgó sujetadores a lo largo de las letras del famoso cartel. Audaz, visualmente llamativo, completamente no autorizado.

Lo que nos deja con una pregunta más interesante que si estuvo bien o mal: ¿qué dice esto sobre cómo entendemos la fama, la publicidad y los límites de lo permitido?

El símbolo y sus guardianes

El cartel pertenece, en términos de propiedad intelectual, a la Cámara de Comercio de Hollywood. Su gestión recae en el Hollywood Sign Trust, una organización sin ánimo de lucro dedicada a su protección.

Ambas entidades fueron claras: no sabían nada.

Steve Nissen, director de la Cámara de Comercio, emitió un comunicado directo. Cualquiera que desee usar el cartel con fines comerciales debe obtener una licencia previa. La acción de Sweeney, promocionando una marca de lencería, no cumplió ese requisito.

La policía de Los Ángeles no había presentado ningún informe por allanamiento en el momento de publicarse esta información.

Pero la transgresión no es solo legal. Es simbólica.

Cuando el espacio público se convierte en territorio corporativo

Me recuerda a Blade Runner: esos anuncios gigantes que invaden cada rincón de la ciudad, convirtiendo el espacio público en propiedad corporativa. Allí era distopía. Aquí, en 2025, es marketing.

La publicidad guerrilla siempre ha jugado con esa línea. Busca sorprender, generar conversación, apropiarse de espacios que normalmente no están en venta.

Pero cuando ese espacio es un símbolo cultural tan cargado como el cartel de Hollywood, la conversación cambia.

Ya no se trata solo de creatividad. Se trata de quién tiene derecho a redefinir lo que ese símbolo significa, aunque sea por una noche.

Sweeney documentó todo en Instagram. El proceso de atar los sujetadores, el equipo trabajando en la oscuridad, el resultado final. Contenido perfecto para redes sociales: transgresor, visualmente potente, diseñado para viralizarse.

Y funcionó.

Pero el coste de esa viralidad es la pregunta que queda flotando: ¿hasta dónde llega la libertad creativa antes de convertirse en invasión?

Lo que realmente está en juego

Esta no es la primera vez que Sweeney genera debate con sus campañas. En noviembre de 2025, protagonizó un anuncio para American Eagle que recibió críticas. Su respuesta fue contundente: no siente la obligación de explicar sus decisiones profesionales.

Es una postura que habla de alguien que ha decidido no dejar que otros definan su narrativa.

Pero aquí está el matiz: cuando tus acciones afectan símbolos compartidos, la narrativa deja de ser solo tuya.

El cartel de Hollywood no le pertenece a Sweeney, ni a la marca que promocionaba. Pertenece a una idea colectiva de lo que representa el cine, los sueños, la industria del entretenimiento.

Y creo que ahí está el problema fundamental.

No me interesa tanto si Sweeney debería ser multada. Lo que me interesa es qué revela este episodio sobre cómo navegamos el espacio entre lo público y lo privado, entre el arte y el comercio, entre la transgresión y el respeto.

Sweeney buscó atención sin fricción, una campaña que generara impacto sin pedir permiso.

Pero la fricción existe por una razón. Es lo que nos recuerda que compartimos este mundo, y que nuestras acciones tienen consecuencias más allá de los likes.


Al final, lo que queda no es solo un cartel con sujetadores colgando.

Es una pregunta sobre cómo queremos que funcione nuestra cultura. ¿Permitimos que cualquiera con suficiente audacia y presupuesto redefina nuestros símbolos compartidos? ¿O defendemos que algunos espacios, algunas imágenes, requieren algo más que creatividad: requieren respeto?

Mi respuesta es clara: los símbolos culturales compartidos no deberían estar disponibles para quien tenga más recursos o más atrevimiento. Son nuestros, de todos, y merecen protección precisamente porque significan algo más grande que cualquier campaña publicitaria.

Cada vez que dejamos pasar una transgresión sin reflexionar sobre ella, estamos diciendo algo sobre qué tipo de sociedad queremos construir.

Y eso, al final, es más importante que cualquier campaña publicitaria.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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