• Cillian Murphy regresa como Jim en «28 Years Later: The Bone Temple», pero no como esperábamos: su aparición es íntima, cotidiana, casi susurrada.
• La directora Nia DaCosta rechaza el espectáculo vacío y opta por mostrar al mensajero en bicicleta, no al superhéroe, enseñando historia a su hija en un cottage aislado.
• Este gesto narrativo dice más sobre el estado del mundo que cualquier explosión: después de 28 años, lo que queda no son héroes, sino supervivientes intentando transmitir memoria.
Hay algo profundamente revelador en cómo una franquicia decide traer de vuelta a su personaje original.
Podría ser con fuegos artificiales, con música épica, con una entrada triunfal que haga vibrar las butacas. O podría ser con un hombre enseñando historia a su hija en la quietud de un cottage.
«28 Years Later: The Bone Temple» elige lo segundo, y esa elección lo dice todo.
Porque en tiempos donde cada regreso se vende como un evento cósmico, donde cada cameo debe ser trending topic antes de que acaben los créditos, ver a Cillian Murphy volver como Jim de forma tan contenida, tan humana, es casi un acto de resistencia.
Y me hace pensar: ¿qué dice de nosotros que esto nos sorprenda?
El regreso que no grita
Nia DaCosta tenía claro desde el principio que el retorno de Murphy no sería un momento «de franquicia». Sus palabras son precisas: «No es el gran regreso del superhéroe. Es el regreso del mensajero en bicicleta».
Y vaya si importa esa distinción.
Me recuerda a cómo en Blade Runner 2049 traen de vuelta a Deckard: no como el héroe que salvará el día, sino como un hombre que ha estado escondiéndose durante décadas. No hay triunfalismo. Solo continuidad.
Jim aparece en la escena final, después de todo el caos protagonizado por personajes como el Dr. Kelson de Ralph Fiennes y Sir Lord Jimmy Crystal de Jack O’Connell. Pero no llega para salvar el día.
Llega para existir. Para seguir adelante. Para transmitir algo a la siguiente generación.
La escena lo muestra viviendo en relativo aislamiento, enseñando historia a su hija. No hay batallas. No hay discursos grandilocuentes.
Solo un padre intentando que su hija entienda de dónde vienen, qué pasó, por qué el mundo es como es.
Es un gesto narrativo que me recuerda a «The Road» de Cormac McCarthy, donde lo importante no es sobrevivir al apocalipsis, sino qué llevamos con nosotros cuando todo se derrumba.
La memoria como acto de resistencia
Hay algo más en esta decisión que me parece fascinante: Murphy no solo aparece en esa escena final.
Su voz del «28 Days Later» original —ese «Hello» que resonó en un Londres vacío hace más de dos décadas— se utiliza en la secuencia de títulos. Es como si la película nos dijera: antes de mostrarte quién es ahora, recuerda quién fue.
Y luego está la música. «In a Heartbeat» de John Murphy, esa pieza que se convirtió en el latido sonoro de la franquicia, regresa para acompañar la revelación final.
DaCosta admite que es «lo más franquicia que hicimos», pero incluso eso está al servicio de algo mayor: no es nostalgia vacía, es continuidad emocional.
Las proyecciones anticipadas provocaron ovaciones cuando Murphy apareció en pantalla. Y me pregunto si esos aplausos eran por verlo de nuevo o por reconocer algo más profundo.
Quizá aplaudimos porque, después de 28 años, seguimos necesitando historias que nos recuerden que la humanidad no está en los gestos épicos, sino en los pequeños actos de cuidado y transmisión.
Pienso en cómo Star Wars trajo de vuelta a Luke Skywalker en The Last Jedi: no como el héroe invencible, sino como alguien marcado por el fracaso. Hubo quien lo odió. Pero había verdad en ello.
Porque los héroes envejecen. Y lo que queda no es la leyenda, sino la persona intentando encontrar sentido a lo que hizo, a lo que no pudo hacer.
Lo que dice de nosotros
Jim no es un superhéroe. Nunca lo fue.
Es un tipo que despertó en el peor momento posible y tuvo que aprender a seguir adelante. Y 28 años después, sigue haciéndolo. Enseñando. Recordando. Transmitiendo.
En una era donde cada franquicia parece competir por quién hace el multiverso más grande o la batalla más espectacular, «28 Years Later» apuesta por algo radicalmente distinto: la intimidad como forma de resistencia narrativa.
Y eso me hace pensar en qué tipo de historias necesitamos ahora.
Porque Jim regresa a un mundo que ha seguido desmoronándose, donde el virus Rage sigue siendo una amenaza, donde la civilización es un concepto frágil.
Y sin embargo, ahí está, enseñando historia a su hija.
Como si dijera: esto es lo que fuimos, esto es lo que perdimos, esto es lo que aún podemos ser.
Me gusta pensar que «28 Years Later: The Bone Temple» entiende algo fundamental: que las mejores historias de supervivencia no son sobre quién dispara más rápido o quién tiene el plan más ingenioso.
Son sobre quién logra mantener encendida la llama de lo humano cuando todo empuja hacia la oscuridad.
Y a veces, esa llama es simplemente un padre contándole a su hija de dónde vienen.
Nada más. Y nada menos.

