• Tom Blyth no regresará en Sunrise on the Reaping, pero mantiene la puerta abierta si Suzanne Collins escribe nuevas historias sobre el joven Snow
• Ralph Fiennes interpretará al Presidente Snow en su madurez, mostrando la evolución de un personaje entre dos actores y décadas de transformación
• La franquicia solo continuará con nuevo material de Collins, planteando cuándo una historia está completa y cuándo simplemente se explota comercialmente
Hay algo fascinante en ver cómo un personaje transita entre actores, entre edades, entre versiones de sí mismo. Tom Blyth dio vida al joven Coriolanus Snow en La balada de pájaros cantores y serpientes. Ahora, Ralph Fiennes tomará el relevo para mostrarnos al Snow de mediana edad en Sunrise on the Reaping.
Entre ambos, hay décadas de transformación. De decisiones que convierten a un joven ambicioso en el arquitecto de un sistema de opresión.
Me recuerda a Anakin Skywalker. No necesitamos ver cada momento de su caída para entender cómo se convierte en Vader, pero cada fragmento que vemos añade una capa. La pregunta es: ¿cuántas capas necesitamos? ¿Cuándo una historia está completa, y cuándo simplemente estamos prolongando algo porque funciona comercialmente?
El relevo generacional de un dictador
Tom Blyth ha confirmado que no formará parte de Sunrise on the Reaping, que llegará en noviembre de 2026. La película se centrará en Haymitch Abernathy ganando los 50º Juegos del Hambre. En ese momento, Coriolanus Snow ya tiene más de cincuenta años, consolidado como Presidente de Panem.
Es el Snow que conocimos a través de Donald Sutherland, aunque ahora será Ralph Fiennes quien encarne esa versión intermedia del personaje.
Blyth ha expresado con humor que Fiennes no le ha pedido consejo. Tiene lógica. No porque su interpretación no fuera valiosa, sino porque son dos momentos completamente distintos de un mismo hombre. El Snow de Blyth todavía lucha con sus propias contradicciones. El Snow de Fiennes ya no necesita justificarse ante nadie.
Lo curioso es cómo esta transición refleja algo que vemos constantemente en la ciencia ficción: la normalización del autoritarismo. No nace de la nada. Se construye, paso a paso, decisión a decisión. Como el Imperio en Dune, que se presenta como orden necesario. Como la Federación en Star Trek, que a veces olvida sus propios principios.
Cada actor que interpreta a Snow nos muestra una fase de ese proceso.
¿Cuántas historias quedan por contar?
Blyth ha dejado claro que su regreso depende de una sola persona: Suzanne Collins. Si la autora decide escribir más libros que exploren la línea temporal del joven Snow, él estaría dispuesto a volver.
Es una postura que respeto. Reconoce algo fundamental: no todas las historias necesitan ser contadas solo porque el público las quiere. Necesitan tener algo que decir.
El director Francis Lawrence y la productora Nina Jacobson han sido consistentes en esto. No harán más películas de Los juegos del hambre sin que Collins escriba primero el material. Es una decisión poco común en una industria que tiende a exprimir franquicias hasta que pierden todo significado.
Los aficionados piden precuelas de Finnick Odair, de Johanna Mason, de otros personajes que apenas rozamos. Y tiene lógica. Cada uno representa una faceta distinta de cómo la opresión moldea a las personas.
Pero quizá el verdadero arte esté en saber cuándo dejar que la imaginación del espectador complete esos huecos.
El regreso de Katniss y Peeta
Hay algo simbólico en que Jennifer Lawrence y Josh Hutcherson regresen para lo que se espera sea una secuencia epílogo. Han pasado más de una década desde que cerraron sus arcos narrativos.
Su vuelta no es para protagonizar una nueva aventura, sino para cerrar un círculo.
Me recuerda a cómo Blade Runner 2049 trajo de vuelta a Deckard. No para repetir su historia, sino para mostrar cómo el tiempo y las consecuencias transforman a las personas. Katniss y Peeta ya no son los adolescentes que sobrevivieron a los Juegos. Son adultos que han vivido con el peso de sus decisiones, con el trauma de haber sido símbolos antes que personas.
Al final, lo que hace que Los juegos del hambre siga siendo relevante no son los espectaculares escenarios distópicos ni la acción. Son las preguntas que plantea sobre el poder, la complicidad y la resistencia.
Cada nueva historia en este universo es una oportunidad para explorar esas preguntas desde otro ángulo. Pero también es una responsabilidad: asegurarse de que cada nueva pieza añade algo, en lugar de simplemente repetir lo que ya sabemos.
Tom Blyth lo entiende. Su disposición a volver no es incondicional, sino dependiente de que haya algo genuino que contar.
Y quizá esa sea la lección más importante: no todas las historias necesitan continuaciones. Algunas necesitan espacio para respirar. Para que nosotros, como espectadores, hagamos el trabajo de imaginar qué viene después.
Porque las mejores distopías no son las que nos muestran todo. Son las que nos obligan a pensar en qué haríamos nosotros en ese mundo. Y cuándo dejaríamos de consumir historias sobre él para empezar a cuestionar el nuestro.

