• James Gunn ha confesado que Superman es la película más complicada de su carrera, más incluso que Guardianes de la Galaxia, debido al peso cultural del personaje.
• La apuesta de Gunn por recuperar la sinceridad y esperanza clásicas del personaje, sin disculparse por ello, puede ser exactamente lo que necesita el DCU en este momento.
• Esta película no solo debe funcionar por sí misma, sino sentar las bases de todo un universo cinematográfico renovado.
Hay algo revelador en escuchar a James Gunn admitir que ha sudado más con Superman que con cualquier otro proyecto. Hablamos de alguien que convirtió a un mapache parlante en un icono global y rescató a The Suicide Squad del limbo. Y sin embargo, el tipo de la capa roja le ha dado más quebraderos de cabeza que todo lo anterior.
La razón es sencilla y compleja a la vez: Superman no es solo un personaje. Es casi un siglo de historia, un símbolo cultural que ha significado cosas distintas en cada época. Y cuando millones de personas creen saber quién es Superman, hacer una película sobre él se convierte en navegar un campo minado de expectativas contradictorias.
El lujo de empezar de cero
Cuando Gunn llegó a Marvel para Guardianes de la Galaxia, tenía una ventaja enorme: nadie conocía a esos personajes. Fuera del círculo más hardcore del cómic, Star-Lord y compañía eran completos desconocidos.
Eso le dio libertad absoluta. No había legiones de fans esperando para diseccionar cada decisión. No había debates sobre si el tono era «fiel» o no. Gunn pudo construir desde cero, imprimir su sello sin miedo.
Con Superman, el escenario es el opuesto.
El peso de casi cien años
Superman es probablemente el superhéroe más reconocible del planeta. Desde niños hasta abuelos, todo el mundo tiene una imagen mental de quién es. Y ahí está el problema: esa imagen varía radicalmente.
Para unos, Superman es el boy scout incorruptible de los cómics de Mort Weisinger. Para otros, el alienígena atormentado de Snyder. Algunos lo ven como símbolo de esperanza; otros como reliquia anticuada.
Gunn tenía que navegar entre todas esas versiones. Honrar el legado sin quedar atrapado en él. Encontrar su Superman sin traicionar lo que el personaje representa.
Y cada decisión —desde el casting de David Corenswet hasta el tono— se convirtió en tema de debate antes de rodar un solo plano.
La apuesta por la sinceridad
Lo fascinante es que Gunn no ha huido del material original. Todo lo contrario. Ha declarado que esta es su película más fiel al cómic hasta la fecha.
Nada de «modernizar» quitándole lo que algunos consideran cursi. Nada de cinismo disfrazado de realismo. Gunn ha apostado por la sinceridad, la moralidad y la esperanza sin pedir perdón.
Y eso, en 2025, es casi revolucionario.
Vivimos en una época donde el escepticismo vende, donde los héroes tienen que ser «complejos» (léase: grises, oscuros). Pero Superman nunca ha sido eso. El desafío no era hacerlo «relevante» traicionando su esencia, sino demostrar que esa esencia sigue siendo relevante.
Es curioso: Richard Donner lo entendió en 1978 con aquello de «harás creer a un hombre que puede volar». Snyder lo intentó desde otro ángulo en 2013, explorando qué significaría un Superman en un mundo post-11S. Ambas aproximaciones tenían validez para su momento.
Gunn parece estar buscando un equilibrio: el optimismo de Donner con la conciencia contemporánea de que el mundo es complicado. No es fácil, pero si alguien puede hacerlo, es él.
La presión como motor creativo
Toda esa presión no paralizó a Gunn; le obligó a afinar. Le forzó a preguntarse constantemente: ¿Por qué Superman? ¿Qué representa hoy? ¿Por qué sigue importando?
Esas preguntas, incómodas y necesarias, moldearon la película. En lugar de espectáculo vacío, Gunn buscó claridad emocional. En lugar de pirotecnia sin alma, apostó por momentos que conecten con lo que Superman significa.
Y eso es exactamente lo que necesita el cine de superhéroes ahora mismo.
El momento perfecto (o el más arriesgado)
No podemos ignorar el contexto: Gunn está reiniciando todo el universo DC. Esta película no es solo una película de Superman; es la piedra angular de todo lo que vendrá.
Si falla, arrastra años de planificación. Si triunfa, abre las puertas a un DCU renovado y coherente.
Snyder lo intentó con Man of Steel y dividió a la audiencia. Nolan lo hizo con Batman y cambió el género para siempre. Ahora le toca a Gunn demostrar que puede hacerlo con el personaje más difícil de todos.
Esa responsabilidad añadida convierte cada fotograma en algo trascendental. No es solo hacer una buena película; es sentar las bases de un universo entero.
Lo que hace fascinante esta historia no es solo que Gunn haya sudado más que nunca. Es que ha elegido el camino difícil: respetar el pasado sin ser esclavo de él, abrazar la esperanza sin caer en la ingenuidad.
Porque si algo nos ha enseñado la historia de DC en el cine es que no hay fórmula mágica. Cada época necesita su Superman. Los años 40 necesitaban al campeón de los oprimidos de Siegel y Shuster. Los 70 necesitaban la maravilla technicolor de Donner. Los 2010 necesitaban el cuestionamiento de Snyder.
Quizá 2025 necesite la sinceridad sin complejos de Gunn. Un Superman que no se disculpe por ser bueno, pero que entienda que la bondad no es ingenuidad.
El 11 de julio lo sabremos. Mientras tanto, hay que reconocerle el mérito: pocos directores tienen el valor de admitir que un personaje les ha superado. Y aún menos, el talento para convertir esa dificultad en algo potencialmente grande.
Tengo curiosidad, mucha curiosidad. Y también esperanza. Que es, al fin y al cabo, lo que Superman siempre ha representado.

