El final de Stranger Things: perfecto, emotivo, épico y… abierto

Stranger Things cierra con ritmo irregular pero emoción sincera. En sala, la experiencia compartida amplifica el adiós: personajes primero, monstruos después.

✍🏻 Por Alex Reyna

enero 2, 2026

Stranger Things concluye tras nueve años con un final que, aunque irregular en ritmo, ofrece un cierre emocional coherente con lo que la serie siempre fue.

• La experiencia colectiva de ver el episodio final en sala revela algo esencial: ciertas historias necesitan ser compartidas para completar su significado.

• El desenlace juega sobre seguro y se alarga innecesariamente, pero respeta la esencia de sus personajes y cierra el círculo sin traicionar su propuesta inicial.


Hay algo profundamente revelador en cómo nos despedimos de las ficciones que nos acompañan durante años. Stranger Things no es solo una serie sobre monstruos y dimensiones paralelas: es un artefacto cultural que refleja cómo procesamos el miedo, el trauma y el paso del tiempo.

Después de cinco temporadas, la serie de los Duffer ha llegado a su punto final. Y como toda despedida significativa, no es perfecta. Pero sí es honesta.

Ver el último episodio en una sala repleta de gente que ha seguido cada temporada me recordó algo que a menudo olvidamos entre algoritmos y pantallas individuales: la ficción sigue siendo un acto colectivo. Un ritual. Y cuando funciona, se convierte en algo más grande que la suma de sus partes.


Un viaje de nueve años que termina como empezó

Stranger Things siempre ha sido una serie de contrastes.

Por un lado, homenajea con devoción el cine de los ochenta, esa época dorada de Spielberg, Carpenter y Dante donde lo fantástico convivía con lo cotidiano. Por otro, construye una narrativa sobre el trauma, la pérdida y la identidad que resuena con fuerza en el presente.

La quinta temporada no escapa a esa dualidad.

Hay momentos en los que se nota el peso de las expectativas, como si los creadores quisieran abarcar demasiado y no dejar a nadie fuera. Escenas que se alargan innecesariamente. Diálogos que explican lo que ya sabemos.

Un villano que, tras haberse consolidado como amenaza tangible y personal, vuelve a diluirse en una abstracción cósmica difícil de asir emocionalmente.

Pero también hay algo más. Algo que late debajo de todo ese ruido.

El poder de lo compartido

Ver el final en una sala de cine fue revelador. No porque el episodio fuera perfecto —que no lo es—, sino porque evidenció algo esencial: las historias no existen en el vacío. Existen en nosotros. Y cuando las compartimos, se multiplican.

Las risas ante los guiños nostálgicos. Los gritos ahogados en los momentos de tensión. El silencio absoluto en las escenas más íntimas.

Todo eso forma parte del relato tanto como el guion o la fotografía.

Me hizo pensar en Arrival, en cómo esa película habla del lenguaje como puente entre mundos. Aquí, en esa sala, el lenguaje era otro: el de la emoción compartida. Transformó lo que podría haber sido un episodio más en streaming en un evento. En un adiós colectivo.

Y eso dice algo sobre nosotros. Sobre cómo necesitamos estos rituales compartidos para procesar las narrativas que nos importan.

Los problemas estructurales que arrastra

La temporada tiene problemas evidentes.

El ritmo es irregular. Hay episodios que parecen diseñados para estirar el metraje más que para avanzar la trama. La exposición es excesiva, como si los guionistas no confiaran en que el público recuerde lo que ha pasado antes.

El arco del villano es especialmente problemático.

Vecna funcionaba porque era cercano, porque su maldad tenía rostro y motivación. Pero en esta temporada, la amenaza vuelve a expandirse hacia lo abstracto, hacia esa entidad cósmica del Upside Down que, francamente, nunca ha tenido la misma fuerza narrativa.

Es como si la serie no supiera decidir entre ser una historia íntima de terror psicológico o una épica de proporciones universales.

Y luego está la duración. El episodio final es largo. Muy largo.

Hay momentos en los que podrían haber recortado diez minutos sin perder nada esencial. Pero también entiendo la tentación: cuando te despides de algo que has construido durante casi una década, quieres que cada personaje tenga su momento.

Pero cuando acierta, acierta donde importa

Dicho todo lo anterior, el final funciona.

Y funciona porque entiende algo fundamental: lo que importa no es el monstruo, sino las personas que lo enfrentan.

El episodio dedica tiempo —quizá demasiado, pero necesario— a que los personajes respiren. A que hablen. A que se miren y reconozcan todo lo que han vivido juntos.

No es sutil, no pretende serlo. Pero es sincero.

La confrontación final tiene tensión, tiene acción, tiene esos momentos esperados. Pero también tiene algo más difícil de conseguir: tiene peso emocional. Porque no se trata solo de derrotar al mal, sino de cerrar ciclos.

De aceptar que crecer también es perder cosas por el camino.

El epílogo es cálido, casi naíf en su optimismo. Algunos dirán que es demasiado complaciente, que juega demasiado a lo seguro. Y tienen razón.

Pero también creo que hay algo valiente en permitirse un final esperanzador en tiempos donde todo parece exigir cinismo y ambigüedad moral.

Lo que dice sobre nosotros

Stranger Things nunca ha sido una serie revolucionaria en términos formales.

No reinventa el lenguaje audiovisual ni propone estructuras narrativas radicales. Pero sí hace algo igual de importante: conecta.

Y lo hace porque entiende que la nostalgia no es solo mirar atrás, sino reconocer en el pasado las emociones que siguen vivas en el presente.

La serie habla de la amistad como refugio. Del miedo como motor de cambio. De la familia —biológica o elegida— como ancla en medio del caos.

Y en un mundo donde la ficción a menudo se siente obligada a ser oscura, retorcida o irónica para ser tomada en serio, Stranger Things se atreve a ser sincera.

Eso no significa que sea ingenua.

La serie sabe que el trauma deja marcas. Que no todo se cura con un abrazo. Que algunas pérdidas son permanentes.

Pero también sabe que, a pesar de todo eso, vale la pena seguir adelante.

Y eso, en 2025, es casi un acto de resistencia.

Un adiós imperfecto, pero ganado

Este final no es perfecto. Se alarga, se explica demasiado, juega sobre seguro en momentos donde podría haber arriesgado más.

Pero también es justo, honesto y emocionalmente satisfactorio.

Hay algo significativo en ver cómo una serie que empezó con niños en bicicletas buscando a un amigo desaparecido termina con esos mismos niños —ahora adultos jóvenes— enfrentando no solo monstruos, sino sus propios miedos, sus propias pérdidas, sus propias identidades.

Stranger Things cierra como vivió: siendo desordenada, emocional y profundamente humana.

Para una serie de este tamaño, con este peso cultural, eso es más que suficiente.


Despedirse nunca es fácil. Y quizá por eso valoramos tanto cuando alguien lo hace bien.

Stranger Things no ha sido una serie perfecta, pero ha sido nuestra. De todos los que crecimos con ella, de todos los que vimos en sus personajes reflejos de nuestras propias batallas.

Y al final, eso es lo que queda: no los efectos especiales ni los sustos, sino las emociones compartidas.

Ver ese último episodio rodeado de gente que sentía lo mismo me recordó por qué sigo creyendo en el poder de las historias. Porque nos unen. Porque nos permiten sentirnos menos solos.

Porque, aunque el Upside Down sea ficción, el miedo, el amor y la esperanza que despierta son absolutamente reales.

Y eso, al final, es lo único que importa.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

Document

Ediciones Especiales

AL MEJOR PRECIO

books

SOLO EN

Ediciones Especiales

AL MEJOR PRECIO

SOLO EN

{"email":"Email address invalid","url":"Website address invalid","required":"Required field missing"}
>