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‘Coyote vs. Acme’ transforma al eterno perdedor de los Looney Tunes en el protagonista de una demanda judicial contra la corporación Acme, combinando animación y acción real con inteligencia y sentido del humor.
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Warner Bros. Discovery archivó la película inicialmente como parte de un plan fiscal, tomando una deducción de 30 millones de dólares, antes de ceder ante la presión pública y venderla al distribuidor Ketchup Entertainment.
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Bajo su capa de comedia absurda, el filme plantea reflexiones sobre la codicia corporativa, la indefensión aprendida y la experimentación con animales, honrando el espíritu anárquico original de los Looney Tunes.
Hay una paradoja curiosa en el cine de animación clásico que pocas veces se examina con detenimiento. Los grandes duos de la historia del género —Tom y Jerry, el Pato Lucas y Bugs Bunny— funcionan porque existe un equilibrio de simpatías. Pero el Coyote y el Correcaminos siempre me resultaron diferentes. El Correcaminos no tiene carisma. Es, si somos honestos, un personaje hueco. Quien carga con el peso emocional de esa relación es el Coyote: obsesivo, sistemático, condenado al fracaso por una fuerza superior que nunca comprende del todo.
Recuerdo haber discutido precisamente esto, allá por finales de los noventa, en uno de aquellos foros de cinéfilos donde uno se dejaba las horas debatiendo sobre encuadres y montaje. Alguien defendía que el Coyote era, en el fondo, una figura trágica digna de Sísifo. Me pareció una exageración entonces. Ya no me lo parece.
Nunca me había detenido a pensar en la injusticia de esa situación hasta que llegó Coyote vs. Acme. Y eso, para una película de animación híbrida basada en un artículo del New Yorker, no es poca cosa.
La premisa es tan sencilla como brillante: el Coyote, harto de décadas de humillaciones causadas por los defectuosos productos de la corporación Acme, decide demandar a la empresa. Para ello, contrata al abogado Kevin Avery, interpretado por Will Forte, un letrado de segunda fila cuya firma lleva los nombres —nada casuales— de Avery, Jones y Maltese. Un guiño a Tex Avery, Chuck Jones y Michael Maltese, padres espirituales de los Looney Tunes, que dice mucho sobre el nivel de cariño y conocimiento con el que se ha construido este proyecto.
La película está dirigida por Dave Green y cuenta con un guión firmado por Samy Burch, James Gunn y Jeremy Slater. Es una combinación que, sobre el papel, podría parecer atropellada. Sin embargo, el resultado mantiene una coherencia sorprendente.
El Coyote no habla. Se comunica mediante carteles escritos a mano y mediante una expresividad facial que el equipo de animación ha sabido construir con mimo. Hay un plano concreto, cuando el personaje descubre en pleno juicio una caja de Acme sin abrir, en el que la cámara se detiene sobre su rostro el tiempo justo para que entendamos, sin una sola palabra, todo lo que ese animal ha sufrido. Es cine mudo en estado puro, y funciona. Eric Bauza, que presta su voz en algunos momentos puntuales, honra la herencia de Mel Blanc con una precisión admirable. Esto no es un detalle menor: respetar la naturaleza original de un personaje en una producción moderna es algo que el Hollywood actual ha demostrado no saber hacer con frecuencia.

John Cena interpreta al abogado defensor de Acme, Buddy Crane, mientras que es el inconfundible Foghorn Leghorn quien dirige la corporación como si fuera un monopolio todopoderoso. La elección no es inocente. Foghorn Leghorn siempre fue un personaje de autoridad inflada, de discurso grandilocuente y vacío. Aquí esa naturaleza se convierte en una metáfora perfectamente funcional.
Y es que, bajo la superficie del gag, la película habla de cosas serias. La codicia corporativa está encarnada en una empresa que fabrica productos defectuosos a sabiendas y desprecia el daño que causan. La indefensión aprendida late en cada intento del Coyote: décadas de fracaso lo han condicionado a esperar el castigo, y su decisión de demandar es, en realidad, el primer acto de rebeldía de quien deja de aceptar su destino. Incluso late ahí una reflexión sobre la experimentación con animales, sobre esa criatura usada una y otra vez como cobaya de artefactos que jamás debieron salir de fábrica. No se trata de subtexto casual: es el corazón moral del filme.
La película tiene algunos momentos en los que se nota que el concepto original —pensado para sketches de cinco minutos— se estira quizás más de lo conveniente. Hay escenas que podrían haberse recortado sin pérdida alguna. Pero incluso en sus momentos más dilatados, la película mantiene la honestidad emocional que la sostiene.
Y luego está la cuestión extracinematográfica. Porque Coyote vs. Acme tiene una historia detrás de cámara que resulta tan reveladora como el propio filme.
Warner Bros. Discovery decidió archivar la película como parte de lo que denominaron, con esa frialdad corporativa que ya no sorprende a nadie, un «plan de realineación estratégica». En términos más directos: la usaron como deducción fiscal de 30 millones de dólares. Una película que critica la codicia corporativa, sepultada por razones de ingeniería fiscal. Si Wilder o Kubrick hubieran querido escribir una sátira sobre Hollywood, no habrían podido hacerlo mejor.
Tras una reacción pública considerable por parte de realizadores, animadores y aficionados, el estudio terminó vendiendo la película a Ketchup Entertainment, que la llevó finalmente a las salas.
El contraste con Space Jam: Nueva era es difícil de pasar por alto. Aquella película —un producto de marketing disfrazado de entretenimiento familiar, carente de cualquier criterio artístico— recibió estreno en cines y plataformas sin mayor obstáculo. Esta, en cambio, tuvo que abrirse camino a empujones.
Eso dice mucho sobre el estado de las cosas.
Coyote vs. Acme no es una obra maestra. Tampoco lo pretende. Pero sí es una película honesta, bien construida y sorprendentemente valiente en sus intenciones. En un panorama donde la animación orientada al público adulto suele ser o condescendiente o estéticamente agresiva, esta propuesta tiene la elegancia de saber cuándo callarse y dejar que el personaje respire.
Llevo décadas viendo cómo Hollywood maltrata su propio legado. Remakes innecesarios, secuelas forzadas, adaptaciones que traicionan el espíritu del material original. Por eso, cuando aparece algo que trata a sus personajes con respeto y a su audiencia con inteligencia, conviene señalarlo. Coyote vs. Acme merece ser vista. Y merece, sobre todo, que se recuerde cómo tuvo que llegar a nuestras pantallas.

