- Disney ha admitido públicamente que tanto The Mandalorian and Grogu como la versión de acción real de Moana se han quedado cortas en taquilla, un gesto poco habitual en un gigante como este.
- Pese a los flojos resultados en salas, el estudio defiende que estas franquicias siguen generando valor a través del merchandising, los parques temáticos y los videojuegos.
- Con Avengers: Doomsday apuntada para diciembre de 2026, Disney confía en cerrar el año con una revancha por todo lo alto.
Opinión: Que Disney reconozca a las claras el tropiezo de dos de sus apuestas más fuertes es una señal de madurez estratégica, aunque también puede leerse como una manera muy hábil de redefinir qué significa «éxito» en la era del entretenimiento multiplataforma.
Hay algo casi terapéutico en ver a una de las corporaciones más poderosas del mundo admitir, sin rodeos, que dos de sus grandes apuestas no salieron como esperaban. No es habitual que los estudios de Hollywood salgan a decir «esto no nos salió bien», y cuando lo hacen, casi siempre va acompañado de un «pero…» que lo explica todo. En este caso, el «pero» de Disney es especialmente interesante, porque no es una excusa: es toda una declaración de intenciones sobre cómo funciona el negocio del entretenimiento hoy en día.
Porque los números no mienten, y yo llevo años mirándolos con lupa. Cuando una película de Star Wars recauda menos de 350 millones de dólares a nivel global, algo ha ido mal. Pero cuando encima el estudio sale a decir «sí, quedó por debajo de lo esperado, y aun así ganamos dinero», la pregunta que uno se hace es inevitable: ¿de dónde viene ese dinero? Eso es exactamente lo que vamos a explorar.
Durante la última llamada de resultados de Disney, el CEO Josh D’Amaro hizo algo que en esta industria tiene bastante mérito: fue honesto. Admitió sin ambages que The Mandalorian and Grogu y la versión de acción real de Moana no alcanzaron las expectativas en taquilla. Dos franquicias enormes, dos decepciones.
Los números lo confirman. The Mandalorian and Grogu acumuló 345 millones de dólares en todo el mundo. Suena a muchísimo dinero, y lo es, pero para una película de Star Wars es bastante flojo si lo comparamos con los estándares de la saga. Moana, por su parte, ha ingresado unos 262 millones… con un presupuesto de producción de 250 millones.
Y aquí conviene detenerse, porque el dato engaña. En la industria existe una regla no escrita muy sencilla: para que una película salga rentable en salas, suele tener que recaudar aproximadamente el doble de su presupuesto de producción. ¿Por qué? Porque a esos 250 millones hay que sumarles el gasto en marketing y distribución (que en un estreno global de este tamaño se dispara con facilidad) y porque los cines se quedan con una parte considerable de cada entrada. Así que Moana, con esos 262 millones, no es que ande justa: es que ni siquiera pisa la línea de flotación. Traducido: en salas, ha perdido dinero.
Entonces, ¿cómo es posible que Disney no esté en modo pánico?

La respuesta está en algo que D’Amaro resumió muy bien: «Incluso cuando nuestras películas de franquicia no cumplen las expectativas en taquilla, nuestras inversiones en estas propiedades impulsan otras partes de la compañía.»
Y eso, amigos, es la clave del modelo de negocio moderno de Disney.
The Mandalorian and Grogu puede no haber arrasado en los cines, pero ha disparado las ventas de productos derivados de Star Wars. También ha aumentado de forma notable la afluencia de visitantes a la atracción del Halcón Milenario en Disneyland y Walt Disney World. Y por si fuera poco, ha generado un interés considerable en el terreno de los videojuegos. Es decir: puede que Grogu no llenara las salas, pero desde luego está llenando estanterías, colas de parque temático y carritos de compra digital. No es poca cosa.
El caso de Moana tiene otra lectura. La película de acción real no ha brillado en salas, pero Disney tiene un as en la manga: el streaming. La Moana original ya es una de las películas más vistas de toda la historia de Disney+, y la compañía espera que la nueva versión repita la jugada en la plataforma. El cine como trampolín, el streaming como destino definitivo.
Esto no es nuevo, pero lo que sí resulta llamativo es que Disney lo verbalice tan a las claras. Durante años, la industria defendió el cine como el escaparate principal del negocio. Ahora el discurso ha cambiado: el cine es solo una pieza más de un ecosistema mucho más grande que incluye parques, juguetes, aplicaciones y suscripciones.
Desde mi perspectiva de analista de taquilla, me resulta fascinante —y un poco desconcertante— ver cómo se van desplazando los criterios de éxito. Me acuerdo de cuando John Carter se convirtió en el ejemplo de libro del fracaso absoluto: la propia Disney reconoció pérdidas millonarias y la película quedó marcada a fuego como un desastre, sin matices ni «peros». Han pasado poco más de diez años y el mismo estudio ahora asume una decepción en taquilla encogiéndose de hombros, porque los ingresos entran por otras diez puertas. Antes, una película «fracasaba» o «triunfaba» casi exclusivamente por lo que recaudaba en sus primeras semanas. Hoy, el retorno de la inversión —es decir, cuánto dinero acaba ganando la compañía con todo el conjunto— se mide de formas mucho más sofisticadas. No digo que esté mal, pero sí conviene que los aficionados al cine seamos conscientes de que estamos entrando en un paradigma nuevo.
Lo que Disney nos está contando entre líneas es que el cine, tal y como lo conocemos, está mutando. Las grandes franquicias ya no se sostienen solo sobre la taquilla: son marcas completas que se despliegan en múltiples frentes. Y eso tiene implicaciones enormes para la industria, para los exhibidores y para nosotros como espectadores.
La buena noticia —para Disney y para los fans del cine de acción— es que Avengers: Doomsday llega en diciembre de 2026 con todas las papeletas para sacudir de verdad la taquilla global. Si hay una película capaz de recordarle al mundo que el cine en salas sigue siendo una experiencia insustituible, esa tiene toda la pinta de ser la elegida. Mientras tanto, los números de este año nos dejan una lección clara: en el negocio del entretenimiento moderno, el partido nunca termina cuando salen los créditos.

