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Avatar (2009) recaudó 2.900 millones de dólares y redefinió lo que es técnicamente posible dentro de una sala de cine.
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Tras 21 años volcado en Pandora, James Cameron ha admitido que podría ceder la dirección de Avatar 4 y Avatar 5 a otros cineastas.
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Entre sus posibles proyectos alternativos figuran una nueva Terminator, Alita: Battle Angel 2 y, sobre todo, Ghosts of Hiroshima.
• 💭 Opinión: que Cameron se plantee soltar Pandora para explorar otras historias es, probablemente, la mejor noticia que nos puede dar el cine este año.
Hay directores que hacen películas. Y hay directores que construyen mundos. James Cameron lleva décadas en esa segunda categoría, la de los que no pueden hacer algo pequeño aunque quisieran. Cada proyecto suyo es una declaración de intenciones: esto es lo máximo que puede hacer el cine ahora mismo, y yo voy a ir un paso más allá.
Pero por primera vez algo parece estar cambiando en su horizonte. Cameron está mirando hacia otro lado. No hacia Pandora, sino hacia dentro. Y esa posibilidad abre preguntas que van mucho más allá de quién va a sentarse en la silla de director de Avatar 4.
Un universo construido durante dos décadas
Cuando Avatar llegó a las pantallas en 2009, cambió algo en la manera en que entendemos el espectáculo cinematográfico.
No solo por los efectos visuales o el 3D, sino por la ambición de construir un planeta funcional con su propia lengua, su ecosistema, su filosofía. En eso, Pandora se parece más a Arrakis que a cualquier escenario de blockbuster genérico. Cameron hizo con la naturaleza lo que Herbert hizo con el desierto: convertirla en el auténtico protagonista.
La segunda entrega, Avatar: The Way of Water, fue aún más lejos técnicamente. Cameron desarrolló desde cero un sistema de captura de movimiento subacuático que no existía antes de que él lo necesitara. Eso dice mucho de cómo trabaja este hombre.
Después llegó Avatar: Fire and Ash, con 1.400 millones de dólares en taquilla, aunque con una recepción crítica más tibia. En total, la saga ha superado los 6.600 millones de dólares. Son números que casi pierden el sentido cuando se leen en voz alta.
El momento de hacer una pausa y mirar al horizonte
Fue tras recoger el Premio del Gobernador General de las Artes Escénicas de 2026 cuando Cameron dijo algo que merece leerse despacio.
Explicó que llevan 21 años en el universo Avatar sin apenas interrupción, desde 2005, y que ha llegado el momento de preguntarse qué otras historias quiere contar. Cuántas de ellas necesita dirigir él mismo. Cuántas puede simplemente escribir o producir, dejando que otros cineastas las lleven adelante.
Esa reflexión, viniendo de Cameron, no es menor.
Estamos hablando de alguien que no delega. Que supervisa cada decisión de casting, de efectos visuales, de montaje. La idea de Cameron cediendo el control creativo es casi tan difícil de imaginar como la de Kubrick pasando el testigo a mitad de producción.
Y sin embargo, tiene todo el sentido del mundo.
Lo que significa soltar
Hay algo profundamente humano en esta encrucijada.

Cameron tiene más de 70 años. Ha dedicado la mayor parte de las últimas tres décadas a dos franquicias: Terminator y Avatar. La pregunta que parece estar haciéndose ahora es la misma que se hacen los grandes científicos en cierto momento de su trayectoria: ¿me quedo perfeccionando lo que ya domino, o me aventuro hacia territorio desconocido?
Entre los proyectos que ha mencionado públicamente están una nueva entrega de Terminator, Fantastic Voyage, Alita: Battle Angel 2, Ghosts of Hiroshima y The Devils.
Me quedo especialmente con Ghosts of Hiroshima. Y no por morbo, sino por lo que significaría.
Cameron es, ante todo, un ingeniero enamorado de la máquina. Ha pasado la vida empujando los límites de lo que la tecnología permite filmar. Que ahora quiera detenerse a contar precisamente el episodio en el que la tecnología humana alcanzó su cara más monstruosa tiene algo de simetría casi perfecta.
Porque en el fondo, toda su filmografía habla de lo mismo: de nuestra relación con aquello que creamos. Terminator es el creador devorado por su creación. Avatar es la advertencia de un progreso que arrasa lo que toca. Hiroshima sería el mismo dilema, pero sin metáfora, sin alienígenas azules, sin ciencia ficción que suavice el golpe.
Y ahí es donde el cine deja de ser espectáculo para convertirse en espejo. Me pasó con Arrival, que tuve que pausar varias veces para apuntar frases. Me pasó con Her, que se me quedó dando vueltas durante días. Las mejores películas no me cuentan el futuro: me obligan a mirarme en el presente. Un Cameron hablando de la bomba atómica podría hacer exactamente eso.
Eso dice mucho sobre dónde está su cabeza ahora mismo. Y lo que dice es de lo más interesante.
¿Puede existir Avatar sin Cameron?
Avatar 4 está prevista para el 21 de diciembre de 2029. Avatar 5, para el 19 de diciembre de 2031.
Si Cameron no las dirige, alguien tendrá que hacerlo. Y eso plantea una pregunta legítima: ¿puede existir Avatar sin la obsesión de Cameron? Parte de lo que define estas películas es precisamente esa relación casi enfermiza entre el director y su universo. El nivel de detalle, la búsqueda técnica constante, la negativa a hacer concesiones.
No es fácil heredar eso.
Pero quizás la pregunta más importante no es si Avatar sobrevivirá a Cameron, sino qué historias nuevas podría contarnos un Cameron liberado de Pandora.
Hay algo casi poético en esta imagen: uno de los directores más poderosos de la historia del cine contemplando la recta final de su carrera y preguntándose, honestamente, qué quiere hacer con el tiempo que le queda. No es una crisis. Es una elección. Y eso, en el fondo, es lo más humano que puede hacer alguien que ha pasado décadas construyendo mundos imposibles: detenerse un momento y preguntarse si hay otros mundos que merece la pena explorar.
Que Cameron encuentre esas historias, que las cuente con la misma intensidad con la que construyó Pandora, es lo que me gustaría ver en los próximos años. No porque Avatar no merezca continuar, sino porque hay pocas mentes en el cine contemporáneo capaces de ver más allá de la mayoría. Sería una lástima que esa visión se quedara atrapada para siempre en el mismo planeta azul.

