Por qué The Boys cambió el final del cómic

En lugar del giro de Black Noir como clon de Homelander, The Boys opta por un cierre más humano y catártico. Kripke explica que la televisión no puede permitirse el nihilismo radical del cómic sin romper el vínculo con su audiencia.

✍🏻 Por Tomas Velarde

mayo 21, 2026

The Boys concluye traicionando el giro más audaz del cómic —Black Noir como villano real— para ofrecer un enfrentamiento directo entre Butcher y Homelander que la serie llevaba cinco temporadas construyendo.

• Esta decisión revela una verdad incómoda: la televisión serializada no puede permitirse el nihilismo radical del papel sin romper el pacto emocional con su audiencia.

• El resultado es un final más esperanzador que preserva a los protagonistas, demostrando que la fidelidad ciega al material original no siempre constituye una virtud en la adaptación.

Hay algo profundamente revelador en la manera en que una adaptación decide traicionar su material de origen. No hablamos de ajustes narrativos por limitaciones de tiempo, sino de decisiones que alteran la médula misma de una obra.

El caso de The Boys resulta particularmente fascinante. Tras cinco temporadas, la serie de Prime Video ha concluido con un final que se distancia radicalmente del cómic de Garth Ennis, y las razones nos dicen tanto sobre las diferencias entre medios como sobre nuestra relación contemporánea con la narrativa televisiva.

En el desenlace televisivo, Kimiko despoja a Homelander de sus poderes mediante una explosión inspirada en Soldier Boy, y Butcher ejecuta al villano ahora vulnerable con una palanca. Un golpe seco a la cabeza. Fin del tirano. Justicia poética servida en bandeja.

El cómic nos reservaba un giro mucho más retorcido: Black Noir resultaba ser un clon de Homelander responsable de las atrocidades más execrables, lo que conducía a un arco de redención para el superhéroe original antes de que el propio clon lo asesinara. Una estructura de muñecas rusas de violencia y engaño que, en papel, funciona con la contundencia de un puñetazo.

Eric Kripke ha sido refrescantemente honesto sobre sus motivaciones. En declaraciones a Collider y TheWrap, explicó que revelar que Homelander no era realmente el villano tras cinco temporadas le parecía profundamente insatisfactorio. Y aquí reside una verdad incómoda: la televisión serializada crea vínculos emocionales diferentes a los del cómic.

Pienso en Hitchcock y su comprensión magistral de las expectativas del espectador. El maestro del suspense sabía que cada medio exige su propia gramática, su propio lenguaje de complicidad con la audiencia. The Boys comprende esto, aunque lo aplique a un material que, paradójicamente, ya es visual.

La serie mantiene algunos guiños al material original —el escenario del Despacho Oval, la palanca como arma homicida— pero Kripke insiste en que Homelander debía enfrentar las consecuencias de sus actos reales. No los de un doble. No los de un chivo expiatorio narrativo. Los suyos propios.

Hay algo aristotélico en esta insistencia, una búsqueda de catarsis que el giro del cómic, por brillante que sea en su cinismo, niega deliberadamente.

Pero las divergencias no terminan ahí. El cómic de Ennis nos ofrece un Butcher que, en su cruzada genocida, asesina a la mayoría de sus compañeros: Mother’s Milk, Frenchie y Kimiko caen bajo su mano antes de que Hughie, el único superviviente, se vea obligado a matar a su mentor. Es un final devastador, coherente con el tono implacable de la obra original.

La serie televisiva rechaza esta oscuridad terminal. Kripke admite sin ambages que «Hughie siendo el único superviviente nos parecía equivocado». Y aquí es donde la diferencia entre medios se vuelve más evidente: la televisión, especialmente en su formato de temporadas múltiples, establece un contrato implícito con su audiencia.

No puedes, según Kripke, «asesinar arbitrariamente a personas que aman» sin romper ese pacto. ¿Es esto una concesión comercial? ¿Un ablandamiento del material? Quizá. Pero también es un reconocimiento de que la narrativa televisiva funciona mediante acumulación, mediante la inversión emocional sostenida en personajes que visitas semanalmente durante años.

El resultado es un final considerablemente más esperanzador: Kimiko y MM sobreviven, Hughie y Annie retoman su relación con un bebé en camino. Es casi… convencional. Casi reconfortante.

Y sin embargo, funciona dentro de la lógica que la serie ha construido durante cinco temporadas. Hay una coherencia interna que, como en el mejor cine clásico, respeta el viaje del espectador.

Black Noir, naturalmente, está ausente de este desenlace final. El original murió a manos de Homelander en la tercera temporada, y Black Noir II fue eliminado por The Deep en el episodio seis de esta última entrega. Una ausencia inevitable que cierra cualquier posibilidad de replicar el giro del cómic.


Lo que The Boys nos demuestra es que la fidelidad no es una virtud absoluta en la adaptación. Hay una diferencia fundamental entre respetar el espíritu de una obra y reproducir mecánicamente sus giros argumentales.

Kripke y su equipo han optado por lo primero, comprendiendo que el medio televisivo exige sus propias concesiones, su propia gramática emocional. Es una lección que Kubrick entendió perfectamente al adaptar El resplandor: la traición al texto puede ser, paradójicamente, la mayor fidelidad a la esencia de una historia.

Prime Video continuará explorando este universo con Vought Rising, una precuela ambientada en los años cincuenta que contará con Jensen Ackles y Aya Cash retomando sus papeles. Veremos si mantienen esta comprensión de que cada historia, en cada medio, merece encontrar su propio final.

Porque al fin y al cabo, lo que importa no es dónde termina el viaje, sino si ese destino honra el camino recorrido. Y en eso, al menos, The Boys ha sido coherente hasta el final.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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